Adalberto Tejeda-Martínez*
En el último cuarto de siglo, el territorio veracruzano ha sufrido cuatro grandes
inundaciones: los años 2005 y 2010 en el centro y sur del estado, y 1999 y 2025
en el norte. Tres de ellas ocurrieron en el primer año de gobierno estatal: en 1999
iniciaba Miguel Alemán, en 2005 Fidel Herrera y en 2025 Rocío Nahle. Los restos
de los sexenios de Alemán y de Herrera se debieron dedicar a mejorar la
prevención ante hidrometeoros extremos, pero no fue así del todo, y ahora
esperemos que sí lo sea.
Ambos desastres del norte ocurrieron a inicios de octubre con lluvias que
superaron los 200 litros por metro cuadrado en 24 horas, pero en los tres últimos
días en este año en algunos puntos se acumularon más de 500, sobre superficies
saturadas de agua tras una de las temporadas de lluvias más cuantiosa de la
historia reciente, y también sobre suelos cada vez más deforestados. Los
escurrimientos, entonces, fueron brutales.
Las cifras de daños, damnificados y fallecidos para este año todavía están por
completarse, una vez que las aguas se vayan retirando. En 1999 fueron diez mil
damnificados, doce mil viviendas con daños severos, veinte tramos carreteros y
puentes fracturados, y más de 200 muertes reconocidas oficialmente. Es muy
probable que las cifras de daños y damnificados de 2025 sean muy superiores, y
es deseable que no sea así con las de muertes.
En esta ocasión, como en las dos grandes inundaciones anteriores –2005 y
2010– los pronósticos meteorológicos fueron eficaces y oportunos, pero debe
reconocerse que los equipos de meteorólogos que operan en el estado deben
crecer. La meteorología se construye con teorías que se validan al observar y
medir los fenómenos atmosféricos tantas veces como sea posible, y con el apoyo
de modelos computacionales, con bases físicas y matemáticas. Modelar en
computadora y tener redes de observación densas y funcionales son
imprescindibles, y de ambos estamos en Veracruz en el mínimo deseable.
Sin embargo, en cuanto a redes hidrométricas, que estén monitoreando en
tiempo real los niveles de los cuerpos de agua, y de modelos computacionales de
avenidas debidamente calibrados, estamos mal; o de otra manera no se puede
explicar cómo es que a los pronósticos meteorológicos acertados y oportunos, no
siguió una alerta de avenidas igualmente oportuna sino al cuarto para la media
noche –literalmente– cuando los desbordamientos eran inminentes.
El Gobierno estatal alertó con días de anticipación sobre lluvias desastrosas a
lo largo de todo el territorio. El miércoles por la noche focalizó sus alertas a la
parte norte del estado, pero no se alertó suficientemente de las avenidas, como ya
se mencionó.
En suma, la parte hidrológica de los alertamientos es el gran pendiente que los
gobiernos estatal y federal deben resolver con urgencia.
