ACUARIOS ROTOS, HALCONES INFLADOS Y LA CORRUPCIÓN QUE NADA Y VUELA EN VERACRUZ BITÁCORA POLÍTICA

Ene 29, 2026 | Columnas

Por Miguel Ángel Cristiani G

Hay obras públicas que nacen para servir al interés colectivo y otras que se construyen para
alimentar la vanidad, el negocio y la impunidad. En Veracruz, el Aquarium y el Nido del
Halcón se han convertido en símbolos de lo segundo: proyectos que, lejos de enaltecer al
estado, exhiben una forma de gobernar donde el dinero público se diluye entre sobrecostos,
improvisación técnica y un desprecio alarmante por la legalidad y el bien común.
Los datos son contundentes y no provienen de rumores ni de oposiciones políticas, sino de
observaciones formales de los órganos fiscalizadores. En el Aquarium de Veracruz se
documenta un daño patrimonial superior a los 83 millones de pesos por trabajos mal
ejecutados que, además, ponen en riesgo a las especies que ahí se resguardan. No es una
falta menor: cuando una obra pública compromete la vida de seres vivos bajo custodia del
Estado, el problema deja de ser administrativo y se vuelve ético.
El Aquarium no es un centro comercial ni un capricho turístico; es un espacio de
conservación, investigación y educación ambiental. Intervenirlo sin sustento técnico, sin
protocolos adecuados y con contrataciones opacas es una irresponsabilidad grave. No solo
se afecta el erario, también se vulnera un compromiso con la ciencia, la biodiversidad y la
sociedad. El dinero puede recuperarse —al menos en teoría—, las especies dañadas no.
Pero si el Aquarium nada en aguas turbias, el Nido del Halcón vuela directo hacia el
escándalo. Las observaciones alcanzan los 87 millones de pesos y se suma un sobrecosto
que ronda los 200 millones. Un proyecto que se presentó como emblema del desarrollo
deportivo y urbano terminó convertido en un monumento a la mala planeación y al
dispendio. Cuando una obra triplica o duplica su costo original, no hay narrativa que lo
justifique: hay fallas, abusos o ambos.
La historia es conocida y repetida en Veracruz. Se anuncian proyectos con bombo y
platillo, se colocan primeras piedras, se prometen beneficios sociales y, al final, aparecen
los números rojos. El problema no es la obra en sí, sino el modelo de gestión: licitaciones
poco claras, supervisión deficiente, modificaciones de contrato sin explicación pública y
una tolerancia institucional que raya en la complicidad.
Conviene poner esto en perspectiva histórica. Veracruz viene de una larga noche de saqueo
y simulación. La sociedad veracruzana escuchó durante años que “ahora sí” se acabaría la
corrupción, que las nuevas administraciones serían distintas, que la honestidad sería norma
y no discurso. Sin embargo, los informes de fiscalización siguen contando la misma
historia, solo con diferentes nombres y escenarios.
Aquí es donde la firmeza de criterio es indispensable. No se trata de descalificar por
deporte ni de convertir cada observación en sentencia. Se trata de exigir explicaciones

claras, procedimientos transparentes y, cuando corresponda, sanciones ejemplares. El
dinero público no es botín ni margen de error; es recurso social que debe administrarse con
rigor quirúrgico.
El daño patrimonial no es una abstracción contable. Son hospitales que no se equipan,
escuelas que no se rehabilitan, carreteras que no se mantienen. Son prioridades desplazadas
por proyectos mal pensados o peor ejecutados. Y cuando, además, se pone en riesgo a
especies animales o se inflan costos sin justificación, el mensaje es devastador: el control se
perdió o nunca existió.
La Ley es clara. La responsabilidad administrativa y, en su caso, penal, no se diluye en la
burocracia. Los órganos de fiscalización cumplen su papel al señalar. Ahora corresponde a
las instancias ejecutoras y a los responsables políticos responder, corregir y rendir cuentas.
El silencio, en estos casos, no es prudencia: es confesión tácita.
El compromiso con el lector y con la verdad obliga a decirlo sin rodeos: Veracruz no puede
normalizar el despilfarro ni acostumbrarse a que las observaciones millonarias se archiven
como si fueran trámites menores. Cada peso observado es una alerta. Cada sobrecosto
injustificado es una falla del sistema. Y cada riesgo asumido sin sustento técnico es una
traición al interés público.
Porque cuando el dinero público se hunde en acuarios mal intervenidos y se eleva en
estadios inflados, el verdadero espectáculo no es deportivo ni turístico: es el de una
corrupción que sigue nadando y volando