ABUELITAS

Feb 11, 2026 | Columnas

WEB MASTER
Últimas entradas de WEB MASTER (ver todo)

Sin tacto

Por Sergio González Levet

Para aquéllos que si tienen abuela

Yo, es un decir, abuelita paterna no tuve. Doña Julia Cervantes murió de una
pulmonía mal tratada cuando mi padre apenas tenía cinco años. Así que de ella
sólo tuve un recuerdo borroso y lejano, equilibrado por el dato curioso y familiar de
que entre los vericuetos de una historia que terminaba en Perote, descendía en
línea directa de don Miguel de Cervantes y Saavedra, cosa que siempre quise
creer. ¿Se imagina usted?
Pero mi abuela materna, doña Beatriz Lambert, fue un cúmulo de dones que
empezaron con sus caricias fuertes y apelmazadas de mujer de rancho, hija a su
vez de un hombre recio y duro que no le dejó que aprendiera a leer y escribir,
“porque sólo le iba a servir para cartearse con el novio”.
Pero ignorante como era de las cosas de la academia, doña Beatriz sabía no sé
cómo que una tocaya suya era personaje principal en La Comedia de Dante (que
Giovanni Boccaccio hizo “Divina”). Quién sabe cómo lo supo también, pero ella
juraba y perjuraba que la Beatriz de Dante apenas tenía nueve años cuando
aparece en la inmortal obra, lo que contrastaba con sus más de 70 años bien
vividos en el Puerto de Veracruz y en su natal Santa Clara, una comunidad del
municipio de Misantla, formada por inmigrantes franceses e italianos -güeros y
bien parecidos ellos, hermosas y gráciles ellas-, en la que vivían 10 hermanos
suyos y sus pródigas descendencias.
Conocí a otra buena anciana, doña Otilia Contreras de Aguirre, que aguantaba
en su endeble anatomía, con paciencia octogenaria, el cariño de su nieta ya mujer.

Aquellos lánguidos huesos resistieron siempre a fuerza de amor el paso y el peso
del enorme afecto, manifestado de manera tan contundente como abrupta.
Las abuelitas buenas y bellas -como fue la mía, como fue doña Otilia- cumplen
con creces una función esencial en la formación de los hombres y las mujeres de
temple: la de ser consentidoras y cómplices de sus nietos para que aprendan a
ejercer así los nuevos valores morales que trajo Jesús al mundo: el del amor y el
del perdón.
En los regazos de las abuelitas se han condensado a través de las
generaciones los dones más preciados de la infancia, y en ellos se aprende
también a entender y a comprender (que no es lo mismo) a los demás a través de
la tolerancia. Pero también nos inculcan en la adolescencia enseñanzas tan
importantes como enfrentar la adversidad con una sonrisa, comprender las
razones incomprensibles de los padres y poner límites a los excesos. Con ellas se
aprende madurar, se entiende.
Cuando una abuela se va, queda un espacio vacío, podría decir Alberto Cortés,
pero lo cierto es que es un vacío-lleno, si me quieren interpretar, porque su
recuerdo y sus momentos felices -que son tantos- quedan para siempre en
nuestra alma, como un silo para el sentimiento.
Réquiem por las abuelitas lindas… réquiem por las inolvidables… réquiem por
su amor sin condiciones…

portalsintacto@gmail.com