Por Miguel Ángel Cristiani G.
Hay silencios que dicen más que mil discursos. Y hay ausencias que pesan
más que una presencia incómoda. En la Universidad Veracruzana” se preparan
los festejos por el “60 aniversario de la Facultad de Economía”, del 21 al 24
de abril, pero lo que debería ser una celebración académica se ha convertido
en un incómodo retrato del estado actual de la vida universitaria: austeridad
selectiva, decisiones políticas y un rectorado que parece preferir el silencio
antes que la explicación.
Desde su fundación, en tiempos del que después sería el mejor Rector de la
UV Roberto Bravo Garzón, la Facultad de Economía ha sido un espacio
crítico. No es una exageración: de sus aulas han egresado académicos,
analistas y servidores públicos que no han tenido reparo en cuestionar al
poder, venga de donde venga. Quizá por eso —dicen en los pasillos
universitarios— la celebración de su aniversario no parece despertar el
entusiasmo institucional que sí se ha visto cuando otras dependencias
universitarias cumplen años.
Tradicionalmente, cuando una facultad o instituto de la Universidad
Veracruzana conmemora un aniversario significativo, la Rectoría suele
respaldar los festejos con recursos para su organización. No es un privilegio:
es una práctica institucional que reconoce la importancia académica y
simbólica de cada entidad universitaria.
Pero esta vez la historia parece distinta.
En la Facultad de Economía no hay subsidio rectoral para los festejos. La
decisión ha obligado a algo que, aunque digno, resulta revelador: “una
coperacha universitaria”.
Profesores, alumnos y egresados están poniendo de su propio bolsillo para que
el aniversario no pase desapercibido. Algunos estudiantes aportan 20 o 30
pesos; docentes contribuyen con 300; egresados de distintas generaciones
hacen colectas entre colegas para enviar recursos a los organizadores. El
objetivo es tan elemental como simbólico: poder pagar desde materiales hasta
el café de los recesos académicos.
Así, mientras en los discursos oficiales se exalta el valor de la educación
superior, en la práctica quienes sostienen la celebración son los mismos
universitarios que creen en ella.
El programa académico, por cierto, está lejos de ser menor. El martes 21
iniciará con la inauguración formal y una mesa de debate titulada “La
economía mexicana, una visión a futuro“, coordinada por la doctora Nayeli
León, con la participación de especialistas como Rolando Boza, Katia Romero
y Job Hernández.
Habrá también un panel sobre “Mujeres Economistas”, coordinado por la
doctora Beatriz Lira, con académicas como Elia Marúm, Gisela Morales y
Angélica Gutiérrez; además de conferencias magistrales sobre educación
superior, democracia y desarrollo sustentable.
Destacan, entre otros, el economista “José Blanco”, quien dictará la
conferencia “El colapso en curso” , y el investigador “Alberto Olvera”, que
abordará un tema de enorme actualidad: ““De Trump al crimen organizado:
los retos existenciales de la democracia en México”.
No faltarán reflexiones sobre los planes de estudio de la licenciatura en
Economía, debates sobre la economía veracruzana, la presentación de libros y
un reconocimiento a profesores jubilados que dedicaron su vida a la docencia
y a la investigación.
Es decir: “un programa académico robusto”, digno de cualquier universidad
pública.
Sin embargo, detrás de la agenda intelectual flota un tema inevitable: la figura
del rector “Martín Aguilar Sánchez”, invitado a la inauguración como una
cortesía institucional.
En los círculos universitarios se comenta que su asistencia es poco probable.
La razón no es menor: evitar preguntas incómodas sobre la polémica
“prórroga en su cargo”, cuya legalidad ha sido cuestionada por diversos
sectores académicos.
El rectorado enfrenta así un dilema clásico de la política universitaria: cuando
la autoridad se vuelve objeto de debate dentro de la propia universidad, el
silencio deja de ser neutral.
La paradoja es evidente. La Facultad de Economía celebra seis décadas de
pensamiento crítico, pero lo hace prácticamente sin respaldo institucional y
con el riesgo de que la máxima autoridad universitaria prefiera no aparecer
para no enfrentar cuestionamientos.
En cualquier universidad democrática, la crítica es parte del ecosistema
intelectual. Pretender administrarla con presupuestos o silencios suele
producir el efecto contrario: fortalecerla.
Porque al final, cuando los estudiantes ponen de su bolsillo para sostener la
vida académica, lo que queda al descubierto no es la pobreza financiera, sino
la pobreza política de quienes deberían defender la autonomía universitaria.
“Y cuando una universidad obliga a sus alumnos a pagar el café de sus propios
debates, lo que en realidad está sirviendo no es austeridad, sino una amarga
taza de incongruencia institucional.”
