Por Miguel Ángel Cristiani G.
¿De qué sirve cruzar el Atlántico para vender ilusiones si ni siquiera hemos logrado ordenar
la casa? La promoción turística de Veracruz, y en particular de Xalapa, parece debatirse
entre la foto internacional y la ausencia de resultados tangibles. Porque una cosa es viajar a
ferias en Europa y otra muy distinta es atraer turistas que realmente dejen derrama
económica en hoteles, restaurantes y comercios locales.
La participación de Xalapa en el Tianguis Turístico de Acapulco 2026, del 27 al 30 de abril,
es, en principio, una buena noticia. No por el evento en sí —que lo es—, sino porque
implica un regreso al terreno donde verdaderamente se juegan los resultados: el mercado
nacional. Ahí están los operadores, las agencias que sí venden, los compradores que sí
mueven flujos turísticos reales. No es un escaparate de buenos deseos; es una mesa de
negocios.
Y aquí es donde comienza la pregunta incómoda: ¿qué dejó la reciente participación de
Veracruz en la Feria Internacional de Turismo en España? Hasta ahora, silencio. Ningún
informe claro, ninguna cifra verificable, ningún dato que permita evaluar si el gasto público
invertido tuvo retorno. En política pública, lo que no se mide, no existe. Y lo que no se
transparenta, huele mal.
El problema de fondo es estructural. Veracruz no compite —ni puede competir— con los
destinos de sol y playa del Caribe mexicano. Cancún, Playa del Carmen y la Riviera Maya
juegan en otra liga: infraestructura de primer nivel, conectividad internacional, inversión
privada sostenida y una narrativa turística consolidada. Pretender que el turismo europeo
voltee masivamente hacia Xalapa es, siendo generosos, ingenuo.
Eso no significa que Xalapa no tenga potencial. Lo tiene, y mucho. Su inigualable riqueza
cultural, su entorno natural, su vocación universitaria, su clima y su rica historia son activos
valiosos. Pero el turismo no se construye con discursos ni con viajes protocolarios de
funcionarios: se construye con estrategia, inversión inteligente y continuidad.
El Tianguis Turístico representa, en ese sentido, una oportunidad realista. Ahí no se venden
postales, se venden paquetes. Ahí no importan los discursos de que Veracruz está de Moda,
importan las citas de negocio. Más de mil compradores internacionales y nacionales,
operadores, mayoristas y medios especializados no están interesados en promesas: buscan
productos turísticos claros, experiencias bien diseñadas y condiciones competitivas.
Si Xalapa acude con una oferta desarticulada, sin rutas claras, sin paquetes integrados, sin
alianzas con el sector privado, entonces será una participación más para la estadística… o
peor aún, para el álbum de bonitas fotografías oficiales. Pero si llega con inteligencia
—segmentando mercados, apostando por turismo cultural, de naturaleza y de eventos—,
entonces puede comenzar a construir un posicionamiento serio.
La clave está en entender que el turismo es una industria, no un acto de promoción política.
Requiere planeación de largo plazo, coordinación entre niveles de gobierno y, sobre todo,
una relación honesta con el sector empresarial. Sin hoteles competitivos, sin servicios de
calidad, sin seguridad y sin conectividad, no hay campaña que funcione.
Además, hay un elemento que suele ignorarse: el turismo nacional sigue siendo el motor
principal del país. Apostar por atraer visitantes de Ciudad de México, Puebla, Estado de
México o incluso del propio sureste puede generar resultados mucho más inmediatos que
intentar seducir a mercados lejanos sin condiciones reales para recibirlos.
La narrativa oficial suele caer en el triunfalismo fácil: “promoción internacional”,
“posicionamiento global”, “proyección turística”. Palabras bonitas que, sin indicadores
duros, se vuelven propaganda. Y Veracruz ya no está para propaganda; está para resultados.
Porque al final del día, la pregunta es simple: ¿cuántos turistas llegaron?, ¿cuántas noches
de hotel se vendieron?, ¿cuánta derrama económica se generó? Todo lo demás es retórica.
Xalapa tiene una oportunidad en Acapulco, pero también una prueba: demostrar que
aprendió que el turismo no se presume, se mide.
Si después de tanto viaje, tanto discurso y tanta feria internacional, los resultados siguen
siendo invisibles, entonces no estamos ante una estrategia turística, sino ante un costoso
ejercicio de simulación.
