PLAZA LERDO: ENTRE LA MEMORIA Y LA TENTACIÓN DEL MAQUILLAJE URBANO. BITÁCORA POLÍTICA.

May 6, 2026 | Columnas

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Por Miguel Ángel Cristiani G.

Que bueno que se haya decidido actualizar y mejorar la plaza Lerdo, el Palacio de Gobierno y la catedral de la capital del estado, como sucede en cada administración, para bien o para mal.

Hay que recordar que en la pasada administración estatal, le pusieron  un color gris, como gris era el gobierno mal encabezado por Cuitláhuac García Jiménez.

Ahora se nota y todos los xalapeños y los visitantes coinciden, en que se lució mucho con la nueva iluminación.

¿Puede una plaza pública renovarse sin que el poder pretenda también reinventar la narrativa que la rodea? La pregunta no es menor cuando se trata de la Plaza Lerdo de Xalapa, ese espacio que no solo acumula décadas de historia, sino también capas de inconformidad, protesta y vida cívica auténtica.

La reciente supervisión de los trabajos de rehabilitación por parte de la gobernadora Norma Rocío Nahle García y del secretario de Gobierno Ricardo Ahued Bardahuil no debería leerse únicamente como un acto administrativo. Es, en el fondo, un mensaje político. Porque en México, y particularmente en Veracruz, la intervención del espacio público rara vez es neutra.

La Plaza Lerdo no es cualquier explanada. Desde principios del siglo XX, cuando el urbanismo porfiriano apostaba por el orden, la simetría y la estética como expresión del poder, este sitio se convirtió en el corazón cívico de Xalapa. Frente al Palacio de Gobierno, la plaza ha sido testigo de ceremonias oficiales… pero también de reclamos incómodos. De discursos institucionales… y de consignas que el poder preferiría no escuchar.

Ahí radica su valor. No en el concreto ni en las luminarias, sino en su condición de ágora veracruzana.

A lo largo del siglo XX, como bien se documenta, la plaza fue objeto de múltiples intervenciones. Ninguna definitiva. Todas parciales. El resultado: un espacio funcional, sí, pero también desgastado, como suele ocurrir cuando las decisiones urbanas responden más a la coyuntura política que a una visión de largo plazo.

Hoy se nos presenta una “renovación integral”. Palabras mayores. Se habla de accesibilidad, de modernización, de iluminación eficiente. Todo eso es necesario, sin duda. Nadie en su sano juicio defendería el abandono del espacio público. Pero conviene hacer una pausa y preguntarse: ¿se está rehabilitando la plaza o se está intentando domesticar su espíritu?

Porque la Plaza Lerdo ha sido, históricamente, un espacio incómodo para el poder. Ahí han convergido sindicatos, estudiantes, colectivos sociales, ciudadanos sin más bandera que su inconformidad. Ha sido tribuna abierta, a veces caótica, pero profundamente democrática.

Y eso, hay que decirlo con claridad, no siempre gusta en los pasillos del Palacio de Gobierno.

La tentación de “ordenar” el espacio público suele ir acompañada de la tentación de controlar su uso. Bancas que se quitan para evitar concentraciones. Diseños que privilegian el tránsito sobre la permanencia. Iluminación que no solo busca seguridad, sino también disuasión.

No se trata de caer en teorías conspirativas, sino de entender la lógica histórica del poder: donde hay ciudadanía activa, hay incomodidad institucional.

Por eso, más allá del discurso oficial sobre la dignificación del espacio, la verdadera prueba de esta renovación no estará en el diseño urbano, sino en su uso cotidiano. ¿Seguirá siendo la Plaza Lerdo un espacio abierto para la protesta social? ¿Se permitirá la libre expresión sin restricciones veladas? ¿O veremos, poco a poco, un proceso de “normalización” que diluya su carácter crítico?

La historia reciente de México ofrece ejemplos suficientes para no pecar de ingenuos.

Ahora bien, sería injusto negar los aspectos positivos. La recuperación de espacios públicos es una obligación del Estado. La mejora en accesibilidad es un avance en términos de derechos. La iluminación eficiente puede incidir en la percepción de seguridad. Todo eso suma, y sería mezquino no reconocerlo.

Pero gobernar no es solo construir o rehabilitar. Es entender el significado de lo que se interviene.

La Plaza Lerdo no es un parque más. Es un símbolo. Y los símbolos no se administran: se respetan.

En ese sentido, la presencia de la gobernadora Rocío Nahle y del secretario de Gobierno Ricardo Ahued en la supervisión de los trabajos, este lunes, puede interpretarse como un gesto de cercanía.