Desde el Café
Bernardo Gutiérrez Parra
Ayer te comenté en este espacio lector, el sainete que armó la SEP
con su ocurrencia del calendario recortado, y cómo el rezago
educativo sigue siendo el elefante en la habitación que nadie en la
federación quiere ver. Pues bien, siguiéndole la pista al tema me
topé con algo que vale la pena contar, porque en medio de tanto
desastre nacional hay una historia que merece atención.
Resulta que Veracruz lleva un año haciendo algo diferente en
materia educativa. Y los números lo están empezando a demostrar.
En Veracruz el abandono escolar en primaria disminuyó hasta su
nivel más bajo en un cuarto de siglo. De cada diez mil niños, solo 36
dejan la escuela, una cifra que coloca al estado por debajo del
promedio nacional. El dato cobra más valor si se recuerda que
después de la pandemia el abandono venía en franca escalada
—llegó casi a triplicarse entre 2021 y 2024— siguiendo una
tendencia que se replicó en todo el país.
Revertir esa inercia en un solo ciclo escolar es, con todo y las
reservas que uno pueda tener, un resultado que merece reconocerse.
Estos números provienen del Prontuario Estadístico 2025-2026
publicado por la propia Secretaría de Educación del estado,
construido a partir de los registros que cada director de escuela
captura al inicio del ciclo en los 212 municipios de Veracruz.
Pero además de esos resultados, el gobierno de Rocío Nahle tiene
algo que también vale la pena contar: una propuesta de trabajo
estructurada, con un cambio de fondo que toca donde más duele.
Lo que encontré es un programa de trabajo académico llamado
PORTI —Programa de Organización y Reorientación Técnico
Pedagógica con énfasis de Inclusión— que la Secretaría de
Educación viene implementando desde el inicio de esta
administración. La idea de fondo no es menor: convertir a
supervisores, jefes de sector y directivos en guías pedagógicos que
acompañen a los maestros, en lugar de ser lo que han sido
históricamente en este país: una cadena de mando para el control
político del gremio.
Quien haya vivido de cerca el mundo de la educación pública sabe
perfectamente de lo que hablo. El supervisor que aparece en la
escuela solo para hacer política, el jefe de sector que tramita favores,
el director que administra lealtades. Cambiar esa cultura de raíz es lo
más difícil que puede intentar cualquier gobierno, porque implica
tocar intereses muy arraigados y muy bien organizados.
PORTI apuesta por transformar esa figura: que el supervisor salga
del escritorio, camine las escuelas, escuche a las comunidades y
funcione como apoyo técnico real para los maestros. Ya van dos
grandes reuniones de trabajo con cerca de mil 500 autoridades
escolares y la tercera está programada para finales de mayo. Son casi
90 mil docentes de educación básica los que participan mes a mes en
procesos de formación paralelos a los Consejos Técnicos.
¿Que todo eso se traduce automáticamente en calidad educativa?
No, y sería deshonesto decirlo así. Los problemas de fondo que
señalé en mi columna de ayer —niños que salen de primaria sin
saber leer, maestros mal preparados, liderazgos sindicales que
medran con la ignorancia— son males de décadas que ningún
programa resuelve en doce meses. Pero sí es justo decir que hay una
dirección, que hay trabajo estructurado y que los primeros
indicadores apuntan a que algo está funcionando.
Y aquí viene lo que me parece el punto más importante de todo esto.
Si Veracruz ha logrado colocarse, en apenas un año, por debajo de la
media nacional en abandono escolar; si tiene un programa
académico serio con fundamento y seguimiento; si su gobernadora
se para en las escuelas en lugar de administrar el sector desde la
comodidad de un despacho, entonces este estado tiene algo que muy
pocas entidades del país tienen hoy: autoridad moral para opinar
sobre la política educativa nacional.
Y esa autoridad moral, bien ejercida, podría usarse para algo más
que resistir la ocurrencia del calendario recortado —que para eso
alcanzó-, y bien hizo Nahle en plantarse firme. Podría usarse para
proponer, para exigir que la conversación nacional sobre el
calendario escolar, sobre la formación docente y sobre los
contenidos educativos se dé con seriedad y no al ritmo de los
mundiales de futbol.
Porque al final de cuentas, el problema que planteaba ayer no es solo
de Mario Delgado y su ocurrencia. Es de un sistema que lleva años
apostando por la ignorancia como estrategia electoral, como lo
confesó sin rubor el propio López Obrador antes de irse a Palenque.
Frente a eso, lo que hace Veracruz no es la solución definitiva. Pero
sí es, por lo menos, la dirección contraria. Y en este país, ir en
dirección contraria a la ignorancia ya es noticia.
bernagup28@gmail.com
