Apuntes desde el suelo
Dr. Lenin Torres Antonio
El PRI, en el momento culminante de su hegemonía -cuando literalmente tenía “los gobiernos federales en la mano”- no sólo logró consolidar una dictadura monopartidista sostenida por la simulación democrática, sino que además perfeccionó una compleja red piramidal de complicidades políticas. Desde el jefe seccional hasta los dirigentes municipales, estatales y federales, todos formaban parte de un engranaje disciplinado que, cada seis años, ejecutaba un ceremonial cuasi religioso-político cuyo desenlace ya estaba decidido de antemano: la bendición del tlatoani en turno para designar a su sucesor.
En realidad, el proceso electoral democrático importaba poco o nada, porque el país entero sabía, antes de cualquier votación, quién sería el nuevo presidente de México. El ungido iniciaba entonces un nuevo ciclo sexenal, casi prehispánico, donde el poder adquiría rasgos sagrados y absolutos. Cada nuevo mandatario quemaba simbólicamente todo aquello que oliera a su antecesor para erigirse como el nuevo dios del tiempo político mexicano, el nuevo gran Tlatoani al que todos debían rendir obediencia.
La simulación democrática servía como maquillaje ético del régimen. Era el rostro civilizado de una maquinaria autoritaria perfectamente aceitada. Pero la legitimación del sistema no provenía únicamente de aquel teatro electoral montado por el PRI; también descansaba en los grandes consorcios mediáticos, encargados de construir el relato oficial de estabilidad, modernidad y progreso. Bastaba encender la televisión para que “Jacobo nos hiciera bobos”, narrando solemnemente la fastuosa ceremonia faraónica de la toma de posesión del nuevo Tlatoani, mientras el país entero contemplaba el espectáculo del poder convertido en liturgia.
La élite económica acudía rápidamente a besar la mano del nuevo ungido, garantizando así la continuidad de sus privilegios. Y junto a ellos aparecía otra pieza fundamental del régimen: los llamados intelectuales mexicanos. Muchos de ellos, cómodamente instalados en universidades públicas, centros de investigación y espacios culturales financiados por el propio Estado, hacían alarde de la supuesta apertura democrática del país y celebraban una libertad de expresión cuidadosamente administrada, una libertad que permitía criticar aspectos secundarios del sistema, pero jamás tocar el tenue velo que separaba la verdad del poder.
Mientras Octavio Paz ejercía como figura tutelar de la intelectualidad liberal mexicana, Enrique Krauze -todavía imberbe- lo acompañaba en tertulias donde se hablaba de modernización, democracia y pluralidad, aunque casi siempre evitando cuestionar de fondo las estructuras reales del poder político y económico. Eran, muchas veces, “faroles de la calle y oscuridad de sus casas”: intelectuales que
podían escribir brillantes ensayos sobre democracia mientras coexistían cómodamente con un régimen profundamente autoritario.
Aquella intelectualidad prefirió ocuparse de los grandes debates económicos, tecnológicos o estéticos, antes que asumir el compromiso de revisar críticamente la condición humana, la esfera pública o las formas concretas de dominación política en México. Las humanidades quedaron relegadas, salvo las bellas letras; pensar el poder, desmontarlo y confrontarlo implicaba demasiado riesgo para quienes habían aprendido a coexistir armoniosamente con él.
Sin el menor sobresalto moral, muchos de esos intelectuales se reunían con el gran Tlatoani, agradeciéndole efusivamente el apoyo a la educación y la investigación, aunque gran parte de esa producción académica no sirviera para construir políticas públicas más justas ni para transformar estructuralmente al país. Bastaba con emular superficialmente a las potencias económicas para vender la idea de que México avanzaba rumbo al “primer mundo”.
Esa misma clase intelectual -que suele asomar la cabeza únicamente cuando la tormenta ha pasado- hoy guarda un silencio estruendoso en el momento en que más se necesita repensar lo público, la política y el destino nacional. Su ausencia ha dejado el debate público en manos de comentaristas de pacotilla, pseudo intelectuales mediáticos y propagandistas disfrazados de analistas que, desde las redes sociales y los canales de televisión, reducen la discusión nacional a consignas vacías, polarización y espectáculo.
Resulta alarmante la ausencia de una auténtica clase intelectual y académica precisamente en este momento histórico, cuando se disputa el rumbo de México y se define si el país profundizará su decadencia o alcanzará una verdadera consolidación nacional. Porque la llamada Cuarta Transformación -con todos sus aciertos, contradicciones y límites- no puede entenderse únicamente como responsabilidad del gobierno en turno, sino como una responsabilidad colectiva de la sociedad mexicana.
La única forma de frenar la vulgar disputa por el poder que hoy libran la extrema derecha mexicana y una pseudoizquierda muchas veces atrapada también por sus propias contradicciones, es mediante una intervención seria de quienes todavía son capaces de pensar críticamente el país. Se necesitan investigaciones rigurosas, análisis académicos honestos y debates intelectuales profundos que regresen al centro de la agenda nacional. Lo verdaderamente extraño -y preocupante- es que buena parte de esa comunidad intelectual permanezca ausente en un momento de enorme trascendencia histórica.
El confort académico parece haberlos inmovilizado. El refugio del cubículo universitario, junto con el falso purismo científico de la supuesta imparcialidad absoluta, ha llevado a muchos a asumir que intervenir en la realidad contamina el objeto de estudio. Bajo esa lógica simplista, creen que el pensamiento debe
limitarse a observar, describir y esperar que el propio “corpus epistémico” determine la evolución de los fenómenos sociales.
Pero esa postura ignora algo fundamental: el objeto de estudio de las ciencias humanas no es equivalente al de las ciencias naturales o económicas. En las ciencias del espíritu y en el análisis de la esfera pública, el sujeto y el objeto son intercambiables, conflictivos y profundamente problemáticos. Pensar la política implica intervenir en ella, porque el ser humano no puede estudiarse como si fuera una piedra, una cifra o una molécula.
Por eso la intervención de pensadores, filósofos, académicos e intelectuales resulta urgente. La revisión crítica de la esfera pública, de la condición humana y del propio concepto de hombre no puede seguir posponiéndose. Si México quiere construir una hoja de ruta coherente hacia el futuro, necesita recuperar el pensamiento crítico como herramienta de transformación y no como simple adorno universitario.
Dejar exclusivamente en manos de la clase política la redefinición de lo humano, la discusión sobre una nueva salida de la Ilustración o incluso la supervivencia civilizatoria, equivale a entregar el futuro de la humanidad a una élite enferma de poder. A una clase política cuyos apetitos, ambiciones y fantasmas personales terminan gobernando las decisiones colectivas. Hombres y mujeres que muchas veces necesitarían más un diván que una tribuna.
Entonces la pregunta sigue vigente: ¿dónde están los intelectuales mexicanos?
Y cuando algunos finalmente aparecen, lo hacen no para pensar críticamente al país, sino para alinearse facciosamente con uno u otro bando político. Suscriben desplegados a favor de la oposición, se convierten en voceros partidistas y abandonan la rigurosidad intelectual para actuar como operadores políticos. En lugar de elevar el debate público, terminan degradándolo aún más.
La tragedia no es únicamente la ausencia de los intelectuales; la tragedia es que muchos de ellos renunciaron hace tiempo a pensar con libertad para conformarse con administrar prestigio, financiamiento y comodidad. Y mientras eso continúe, México seguirá atrapado entre la pobreza del debate público y la frivolidad de una clase política incapaz de pensarse más allá de la disputa inmediata por el poder.
Mayo de 2026.
