CUANDO EL GABINETE COMIENZA A MOVERSE DEMASIADO PRONTO BITÁCORA POLÍTICA

Ago 6, 2026 | Columnas

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Por Miguel Ángel Cristiani G.

«Los gobiernos se juzgan por sus decisiones; los nombramientos son una de las más importantes.»

Todo gobierno tiene derecho a corregir. De hecho, rectificar una decisión equivocada suele ser una muestra de responsabilidad. Lo que resulta preocupante no es el relevo de un funcionario; lo verdaderamente inquietante es cuando esas rectificaciones llegan apenas iniciado el ejercicio del poder y dejan la impresión de que los errores pudieron evitarse desde el principio.

La salida de Claudia Tello de la Secretaría de Educación de Veracruz debe analizarse desde esa perspectiva. No se trata de celebrar su partida ni de cuestionar anticipadamente a quien asume el cargo. Se trata de preguntarse por qué una dependencia tan estratégica llegó a un punto en el que el relevo parecía inevitable.

La Secretaría de Educación no es una oficina cualquiera. Administra el presupuesto más grande del Gobierno del Estado, coordina a decenas de miles de trabajadores y tiene bajo su responsabilidad la formación de cientos de miles de estudiantes. Cada decisión que ahí se toma repercute en las aulas, en los docentes y en las familias veracruzanas.

Por eso, cuando una dependencia de esa dimensión vive meses de conflictos laborales, protestas sindicales y cuestionamientos internos, el problema deja de ser exclusivamente administrativo. Se convierte en un asunto político.

En toda administración existe un principio que rara vez se menciona, pero que determina buena parte del éxito o del fracaso de un gobierno: la calidad de los nombramientos.

Un gobernador puede tener el mejor proyecto de gobierno, los mayores recursos o la mejor intención. Pero si quienes ejecutan las políticas públicas carecen del perfil, la experiencia o la capacidad para conducir las instituciones, los resultados difícilmente estarán a la altura de las expectativas.

La política tiene un componente inevitable de confianza. Es lógico que un mandatario desee rodearse de personas cercanas. Sin embargo, la cercanía nunca debería sustituir al mérito cuando se trata de conducir áreas tan sensibles como la educación, la salud, la seguridad o las finanzas públicas.

El relevo en la Secretaría de Educación vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que trasciende nombres y partidos: ¿están llegando a los cargos públicos quienes mejor preparados están para desempeñarlos?

La respuesta no puede construirse con discursos ni con videos de presentación. Se construye con trayectorias, resultados y capacidad de gestión.

Si el nuevo nombramiento logra restablecer el diálogo con el magisterio, mejorar la operación administrativa y devolver estabilidad a la dependencia, habrá sido una decisión acertada. Si no ocurre, el problema ya no será de personas, sino de un método para integrar el gabinete.

La ciudadanía no espera gobiernos infalibles. Espera gobiernos capaces de aprender, corregir y, sobre todo, prevenir errores que terminan costando tiempo, recursos y confianza pública.

La historia política de Veracruz demuestra que los cambios de gabinete suelen interpretarse como ajustes naturales. Pero también enseña que, cuando esos movimientos ocurren demasiado pronto y en áreas estratégicas, envían un mensaje que ninguna administración puede ignorar: la selección inicial de los perfiles no fue la adecuada o las circunstancias superaron las previsiones del gobierno.

Hoy la discusión no debería centrarse en quién se fue o quién llegó. El verdadero debate es si el servicio público seguirá privilegiando las afinidades políticas o comenzará a consolidar una cultura donde el mérito, la experiencia y la capacidad técnica sean los criterios fundamentales para ocupar los cargos más importantes del Estado.

Porque gobernar no consiste únicamente en nombrar funcionarios. Gobernar significa formar equipos capaces de resolver problemas antes de que los problemas terminen gobernando al propio gobierno.

Un gobierno puede sobrevivir a un relevo de gabinete; lo que no puede permitirse es convertir la rectificación permanente en su principal forma de administrar el poder.