EL GURÚ: EL ARTE DE LA FUGA(1)

Sep 3, 2026 | Columnas

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Sin tacto

Por Sergio González Levet

Luna hoy cumple siete años lucientes y ella
siempre ha sabido todo lo que la amamos,

El departamento donde vive el Gurú es amplio, y más se lo ve por la economía en
el mobiliario. La frugalidad de su vivienda se contrapone con la riqueza de su
pensamiento, siempre lleno en el aporte de ideas nuevas, que salen en palabras
asobronadas a las que por su velocidad de emisión y por la profundidad de su
contenido muchas veces cuesta trabajo seguir.
En la sala-comedor hay una pequeña mesa llena de sus herramientas de
trabajo. Un lápiz, varias hojas de papel escritas por ambos lados, una pluma Mont
Blanc perdida entre una cajetilla de cigarros delicados, un encendedor
desechable, unos lentes para sol rotos, un cenicero minúsculo y repleto con cuatro
colillas y ceniza en derrama componen el conjunto. Completa el espacio una
laptop Mac Air, que es la parte más preciada de su breve patrimonio.
A la San Francisco de Asís, le gusta decir que desea poco y lo poco que desea
lo desea poco.
Las ventanas están libres del aprisionamiento de cortinas o persianas, y en una
de las recámaras podemos ver un box recostado contra la pared y un colchón
tirado sobre el piso, vestido con sábanas impecables y una pequeña almohada.
Todo lo demás es espacio, aire, un lugar libre para que vuele el entendimiento,
sólo aderezado con la música que sale de la computadora, que nunca deja de
tocar cuando él está en su casa; selección estrambótica que muestra un extraño
eclecticismo en el gusto, pues pasa de Beethoven a Café Tacuba, de Juan Gabriel
a Bob Dylan, del rock -cualquier rock- a la cumbia, del son jarocho a la música

balcánica. A veces se pone a cantar. Tiene una voz potente, timbrada, muy
parecida en la pasión con la que canta -pero mejor ciertamente- a la de Marc
Anthony, un artista salsero aunque a él no le atrae la salsa. Nada que ver.
—¿Te gusta la música? —me pregunta y se responde sin darme tiempo a decir
nada:
—Tiene que gustarte. Sin ella la vida es incomprensible. O cuando menos, te
pierdes uno de los grandes placeres del mundo, el de las notas maravillosamente
acompasadas que se reciben por el oído, sólo comparable con la voz de la amada
cuando despierta gozosa una mañana de domingo, llena de sol y de su sonrisa.
La música te hace más humano, un mucho ave, un poco cigarra. Te puede
servir como un bastón o una muleta para andar por el camino a veces escarpado
de los sentimientos. Una buena pieza te hace rememorar los mejores momentos
de tu vida, te lo juro. Un buen ritmo te pone a saltar los pies, aunque no puedas
dar dos pasos acompasados, como es mi caso. Bailo mal, lo reconozco. Tengo
dos pies izquierdos, como dicen los gringos. Pero, a despecho, me divierto mucho
bailando, porque no es mi propósito -ni podría- despertar admiraciones.
En ese momento ha empezado a sonar una pieza clásica. Me dice el maestro
que es del músico mayor, Johann Sebastian Bach: la Tocata y Fuga en Sol Mayor,
del libro del Clavecín bien temperado.
¿Tocata y fuga? Ummm, el título me ha traído pretexto para pedirle al pensador
que borde sobre un tema que me trae interesado últimamente: la fuga como un
recurso para solucionar todos nuestros problemas.
Pero eso lo leeremos mañana.

sglevet@gmail.com