UNA SOCIEDAD CALLADA Y SIN DIENTES

Sep 25, 2026 | Columnas

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Es mi Pienso

Jesús Castañeda

¿Qué tiene que suceder para que los mexicanos despertemos?

Todos los días hay desapariciones, homicidios, extorsiones y negocios que cierran porque sus dueños ya no soportan vivir bajo amenaza. También hay familias que, ante las carencias del sistema de salud, hacen malabares para conseguir atención o medicamentos.

Y sin embargo, algo se ha apagado en nuestra sociedad: la capacidad de asombro y, sobre todo, la de reaccionar. Nos estamos acostumbrando a la tragedia. Una desaparición se vuelve una nota más; un homicidio ocupa unos minutos en las noticias y desaparece de la conversación; una familia que busca durante años a uno de los suyos termina pareciendo parte del paisaje.

Y cuando alguien levanta la voz y dice ¡Ya basta!, aparecen quienes minimizan el problema o convierten la discusión en pelea política. Como dicen en mi pueblo: «Desde endenantes sabemos cómo termina el cuento.» Mientras unos reclaman resultados, otros discuten quién tiene la culpa, quién gobernaba antes o quién gobierna ahora. Y mientras tanto, las víctimas siguen siendo víctimas.

El caso conocido en Zacapu, Michoacán, resulta especialmente doloroso. Un colectivo de madres buscadoras trabaja en un predio donde se presume actividad de cremación clandestina, y recientemente se informó del hallazgo de 1,600 piezas dentales que podrían corresponder a menores, aunque las autoridades han señalado que los peritajes siguen en proceso y que la cifra y su procedencia no están confirmadas oficialmente.

Pero hay algo que podemos preguntarnos desde ahora: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo cuando el hallazgo de posibles restos humanos de niños ya no provoca indignación colectiva? No se trata de convertir una investigación en sentencia anticipada, sino de no perder la capacidad de sentir. Detrás de cada desaparecido hay una familia; detrás de cada homicidio, una vida; detrás de cada extorsión, una empresa que cierra; detrás de cada persona sin atención médica a tiempo, un dolor que pudo evitarse.

El problema no es solo lo que hacen los delincuentes, sino qué hacemos nosotros como sociedad cuando vemos que esto se repite. El miedo explica parte del silencio; la necesidad económica y la dependencia de un empleo o un apoyo gubernamental explican el conformismo. Pero ninguna circunstancia debería hacernos perder la conciencia: una sociedad que deja de indignarse ante la injusticia termina aceptándola como parte de la vida cotidiana.

No podemos permitir que la discusión pública se reduzca a discursos, comunicados y carpetas de investigación que nadie vuelve a conocer. Y las madres buscadoras no deberían tener que hacer el trabajo que corresponde a las instituciones.

México necesita recuperar la capacidad de decir NO: a la violencia, a la extorsión, a la desaparición, a la impunidad, al silencio. No se trata de salir a la calle sin más ni buscar enfrentamientos, sino de exigir, por vías legales y ciudadanas, que las autoridades hagan su trabajo y rindan cuentas. Porque los gobiernos pasan, los partidos cambian y los discursos terminan, pero las consecuencias de nuestras decisiones permanecen.

Decía el viejo refrán: «El que calla, otorga.» Y agregaría algo más: una sociedad que pierde la voz termina perdiendo también los dientes para defenderse. No permitamos que México se acostumbre al dolor, porque cuando dejamos de indignarnos por el dolor ajeno, tarde o temprano ese dolor tocará nuestra propia puerta. Es mi Pienso.