Sin tacto
Sergio González y Levet
Después de muchísimos años de historia futbolística, en España se dio por fin el
caso de que un gallego fue nominado para jugar en la selección nacional. Ya
pensará la conocedora lectora, ya imaginará el fanático lector la ebullición que
causó el hecho en todas las galicias (incluida la parte que se adentra en Portugal),
y para más regocijo de los hinchas se anunció que el partido que celebraría el
conjunto hispano sería contra la poderosa escuadra portuguesa -con todo y
Cristiano Ronaldo- y tendría lugar en el Estadio de Riazor, en la misma capital
Coruña.
El día del anhelado juego, como es de comprenderse, el estadio estaba repleto
de paisanos, que iban a ver por primera vez a uno de los suyos en la gloria de
patear la pelota dentro del equipo mayor, el mismo que ha ganado ya dos veces la
Copa del Mundo.
Todo estaba a punto, los jugadores en la cancha y por dar el silbatazo inicial el
árbitro, cuando se escuchó este ominoso anuncio por el equipo de sonido:
“De acuerdo con las reglas de la selección nacional española, no podrá jugar en
ella quien no haya completado al menos tres años de primaria”.
Segura de que era su congénere el que no cumplía el requisito, de inmediato, la
gallegada en pleno empezó a gritar:
“Denle otra oportunidad. Denle otra oportunidad”.
Fue tal el clamor, que a los minutos se escuchó un nuevo anuncio por el sonido
local:
“En el caso de que un jugador no haya completado los tres años de primaria,
podrá participar si logra dar respuesta correcta a una pregunta de aritmética”.
Bueno, llamaron al jugador al centro de la cancha, y el árbitro le preguntó:
—¿Cuánto es 7 más 6?
El gallego se rascó la mollera y contestó:
—¿Doce?
De inmediato, el estadio se volcó en su solicitud primigenia:
“Denle otra oportunidad. Denle otra oportunidad”.
Ante el griterío, que corría el peligro de pasar a mayores, decidieron hacerle
otra pregunta al jugador, que por cierto se llamaba Venancio. El árbitro tomó el
micrófono y le inquirió:
—¿Cuánto es 8 por 3?”
El otro hizo una señal de alegría, y respondió:
—24.
De inmediato y en automático, todos los gallegos que llenaban el estadio se
volcaron en su grito original:
“¡Denle otra oportunidad!”
El chistecito, con ser bueno, ilustra también sobre el hecho de que en ocasiones
la multitud tiene una mala percepción sobre las respuestas que dan sus
representantes, ya sea por desconocimiento o por incredulidad, o por las dos
cosas.
Algo similar, guardadas las diferencias notables, sucede con aquellos que se
asumen como de izquierda, y solamente ven cosas malas y oscuras intenciones
en cualquier acción o medida que tome quien no comulgue con su orientación
ideológica o política (que no es lo mismo).
De ahí a la anarquía hay un corto trecho, un solo paso, un menudo empujón,
porque no es posible que quienes tienen una cierta concepción del mundo por el
solo hecho de pertenecer a una corriente sean los únicos propietarios del bien, del
bienestar, del bien hacer y hasta del bien ser.
Pensar que todo, todo, todo es malo en la derecha y todo bueno en la izquierda,
es soslayar el principio fundamental de la convivencia, que es reconocer que
alguien puede pensar diferente, y respetarlo.
Y con eso se puede resolver todo. ¿Verdad, patriarca?
