«ES QUE ASÍ LO HAGO SIEMPRE»

Oct 20, 2026 | Columnas

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Sin tacto

Por Sergio González Levet

Un corrector que trabajó conmigo hace tiempo en alguno de los periódicos que
dirigí insistía, cuando se la encontraba, en modificar erróneamente una palabra, y
con eso cometía una y otra vez el mismo yerro, no obstante que el personal de
edición le hacía ver que era incorrecto lo que hacía.
Específicamente, ponía en mayúscula el adjetivo “estatal” cuando calificaba al
nombre propio “DIF”. Así: “DIF Estatal”, cuando lo correcto es escribir “DIF
estatal”. Mi empleado encontraba esa construcción, y dale con que le ponía la
mayúscula que no debía ir.
Se había convertido casi en una costumbre morbosa para mí buscar todos los
días en el periódico la famosa frase, para constatar que el empecinado corrector la
había vuelto a descorregir -si me permiten el neologismo-.
Todo fue insistir e insistir ante los editores, y que ellos no pudieran convencer al
necio, hasta que tuve que hablar personalmente con él.
—A ver, amigo, —le dije con toda la paciencia del mundo, cuando lo tuve
sentado frente a mi escritorio—me he cansado de pedirle a los editores le
comenten que “DIF estatal” se escribe todo con mayúsculas la primera palabra,
dado que son siglas, y todo con minúsculas la segunda palabra, puesto que es un
adjetivo común, que no forma parte del nombre propio de esa entidad. ¿Por qué,
entonces, usted insiste en poner esa “E” mayúscula?
El tipo se revolvió en su asiento, me miró con un cierto dejo retador y me dijo:
—Bueno, pongo: “DIF Estatal”, ¡porque siempre lo he escrito así!
Como contrarrespuesta, le expliqué que ésa no era una razón gramatical y le
dejé bien claro que si lo volvía a poner incorrectamente se le impondría un castigo,
y en caso de reincidencia, sería despedido de la empresa.

A mi esposa le gusta contar la anécdota de una señora que cada Navidad
guisaba el pavo tradicional, pero antes de ponerlo en el recipiente y meterlo al
horno le cortaba las piernas y las ponía encima del cuerpo.
Cuando una de sus hijas pequeñas le preguntó por qué hacía eso, la señora
solamente pudo responderle que así se lo había enseñado su propia madre, y se
dio cuenta de que nunca se había cuestionado la razón de ese raro corte.
Extrañada por esa costumbre que había seguido ciegamente toda su vida, fue y le
preguntó a su mamá… y resultó que ella tampoco sabía la razón, pues al igual que
su hija había seguido fielmente y sin cuestionar el procedimiento que le había
enseñado su propia madre, la bisabuela de la niña preguntona.
Con el gusanito de la duda, fueron las dos señoras de inmediato a ver a su
madre y abuela, para resolver el misterio de las piernas, y tuvieron por respuesta
lo siguiente:
—Ay, hija, yo le cortaba las piernas al guajolote, porque la única pavera que
tenía era muy chica, ¡y no cabía entero en ella!
Vean cómo muchas veces hacemos las cosas sólo por costumbre o porque no
nos preguntamos la verdadera razón que las origina.
Transporte usted ahora eso a la política…

sglevet@gmail.com