EL GURÚ: SANGRE LIGERA, SANGRE PESADA

Nov 4, 2026 | Columnas

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Sin tacto

Por Sergio González Levet

—Te prometo, Saltita, que hoy trataré de apresurar los saludos de los amigos que
se acerquen a nuestra mesa —me dijo el Gurú con una expresión difusa en el
rostro, en la que se podía leer al mismo tiempo la seriedad y la burla, en una
ambivalencia que muchas veces aparece cuando él habla—. Así, podremos tener
oportunidad de desbrozar algunos razonamientos sobre la simpatía y la antipatía.
¡Y que se acerca una persona a saludar!
Debo reconocer que el filósofo cumplió su palabra, y en dos minutos despachó
con toda amabilidad al intruso. A partir de ese momento, el maestro hizo una de
las cosas que mejor sabe hacer, que es volverse invisible… No se piense que en
estos diálogos caben los mitos, urbanos o rurales, y entiéndase que cuando se
habla de invisibilidad, no es más que una figura literaria de pensamiento, porque lo
cierto es que la transparencia del pensador solamente existe en el plano de la
expresión de sus ideas.
Se hizo invisible en el sentido de que se acomodó de tal modo en la mesa que
quedó de espaldas al mundo, y empezó a hablar en un cuchicheo que solamente
alcanzaba a escuchar yo, que era su único comensal.
—Bueno, querido discípulo —me calificó así por primera vez, para mi
satisfacción personal—, déjame pasar rápido el trago amargo y hablarte de las
personas que tienen la sangre pesada. Tú los sufres también: los ves venir por la
calle, se te acercan con un saludo meloso… y a la primera oportunidad te hincan
su opinión en contra de lo que tú hayas dicho al cruzar el saludo, ya sea que
hayas hablado del clima, de tu convicción ideológica, de alguna cosa importante
para la vida de la nación o de las últimas tendencias de la moda en esta
temporada.

—Estoy pensando en varias personas así, maestro, y en verdad qué molesto es
tratar con ellas —intervine con una modesta aportación.
—Además, los sangrones siempre se sienten muy inteligentes, dueños de la
verdad y con la autoridad de mandar sobre nuestras conciencias y nuestros actos.
¿Quieres ver una persona insoportable? Pues es ésa, son ésas, que a la menor
provocación te empiezan a soltar una serie de consejos y admoniciones sobre lo
que tú debes hacer en tu vida, en tu trabajo o en tu persona: “Estás escribiendo
sobre temas muy aburridos. Nunca vuelvas a hablar de ellos”, o “Mira cómo estás
engordando, mañana mismo te pones a dieta”, o “Esa ropa que traes no te queda
nada bien, debes renovar tu closet…”
El maestro hizo una pausa, dejó que mi imaginación armara esas escenas, y
soltó una afirmación que venía desde lo más profundo de su sentimiento:
—¿Verdad que son odiosos estos verdaderos engendros de la naturaleza
humana? ¡Uf, yo no los soporto!
—Pues yo tampoco, maestro —me emocioné al unísono—. Alguien debería
prohibirles salir a la calle y relacionarse con seres humanos.
—Y, por el contrario, están los que poseen un carisma natural, los que siempre
atinan a la frase que deben decir para halagar a su interlocutor. Y mira que no me
refiero para nada a los zalameros, a los elogiadores profesionales que quieren
ganar tu atención o algún servicio que les puedas dar. Porque los simpáticos son
gente muy digna, y para serlo necesitan ser inteligentes, bondadosos y llenos de
dignidad… y vámonos porque ahí viene Ernesto de tal, y no estoy de humor para
soportar las sandeces que nos va a querer decir, como es su costumbre.

sglevet@gmail.com