Sin tacto
Por Sergio González Levet
—No, amigo, acá a Veracruz de turismo viene puro chilango de segunda, y
poblanos de tercera y tlaxcaltecas de cuarta… jodidos, para que me entienda.
Llegan en sus coches desvencijados, llenan las playas populares y comen
fritangas. Cuando mucho, gastan unos 300 pesos por persona al día y se alojan
en los hoteles más baratos o en casas de campaña. Son el turismo jicamero que
llega en todas las vacaciones —el individuo que habla -unos 40 años de edad,
enguayaberado, choclo recién boleado, peinado tal vez con Glostora- se queja,
resopla y continúa:
—Vea usted qué diferencia con los centros internacionales de turismo como
Cancún, Los Cabos, Puerto Vallarta… —acota, envidia, lamenta el lugareño—. Ahí
sí que da gusto ver los turistas que llegan llenos de dólares o de euros. Cada uno
de ellos gasta en promedio diario unos 300, pero dólares, casi 6 mil pesos. Y viera
qué hotelotes hay allá, con unos jardines que da gusto y albercas enormes. Eso sí,
las playas no sirven mucho. En Cancún la arena parece talco, de lo fina que es, y
se pega al cuerpo como Resistol. Qué trabajo cuesta quitarla cuando se baña uno.
Y en el Pacífico las arenas parecen piedras, de lo gruesas que son. Pero no hay
comparación con los pobres servicios turísticos que tenemos aquí en Veracruz…
Si tuviéramos esas instalaciones, en verdad que nos iría mejor económicamente
en cada vacación. Bueno nuestras playas ahora están contaminadas por
hidrocarburos, según dicen la gente y Greenpeace, o solamente un poquito
manchadas por unas gotitas de petróleo, de acuerdo con la versión oficial, pero
ése es otro cantar.
—Tiene usted razón y no —el otro interrumpe, propone, incita—. La tiene
porque es cierto que la infraestructura hotelera para el turismo internacional es
impresionante en aquellos lugares, y los servicios que ofrecen son casi siempre de
primera (porque también tienen sus fallas). Pero no tiene razón porque la derrama
económica no es más que un espejismo. Es cierto que ese turismo gasta mucho,
pero la ganancia la reciben las grandes cadenas hoteleras, que están
conformadas por capitales extranjeros. Los turistas gringos o europeos que vienen
a esas playas mexicanas por lo general contratan el servicio de Todo incluido, lo
que quiere decir que ya traen pagada la habitación, y los consumos en comidas y
bebidas (¡y hasta las propinas!). Así que los lugareños reciben muy pocos
beneficios y solamente son contratados con sueldos miserables para que trabajen
como recamareras, meseros, cantineros, jardineros. Y es que las cadenas
hoteleras traen de fuera hasta sus propios ejecutivos.
—No, pos ahí sí tiene usted razón… —acepta, reconoce, admite el quejoso
inicial.
—¿Cuál derrama entonces, si se va para el extranjero? —exulta, se interroga,
pregunta el exaltado ciudadano—. El turismo jicamero de Veracruz, como usted le
llama, trae su poco dinero (que se vuelve mucho, porque son miles los que llegan)
y lo gasta en los puestos callejeros, en las fondas y restaurantes de sitio, en
propinas para meseros, sombrilleros, palaperos. Los beneficios se quedan en
nuestro estado y llegan a la gente del pueblo.
—Es cierto que no tenemos grandes consorcios hoteleros, pero así ni los
queremos —convienen, acuerdan, ajustan los dos interlocutores…
Y cuánta razón tienen.
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