EL BERRINCHE DE ANDY Y LA ESPADA DE DAMOCLES

Ago 16, 2026 | Columnas

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DE PRIMERA MANO

Por Omar Zúñiga
El jueves por la noche, Andrés Manuel López Beltrán, Andy, el hijo
consentido, se enteró que Estados Unidos le canceló la visa.
Ante tal atrocidad, el país enteró se recetó una carta abierta a Donald Trump
escrita con la prosa encendida que heredó de su padre: llamó a los
funcionarios del Departamento de Estado “jefes de pandillas” y calificó la
medida de “canallada” con tintes “hitlerianos”.
Sobra decir que nadie recuerda haber visto tanto dramatismo cuando se trató
de explicar el origen de una casa, un negocio o un contrato, ¡ni de los
chocolates!
Pero no hay que perder de vista lo esencial: ni el subsecretario Christopher
Landau, autoproclamado “Quitavisas”, ni el secretario de Estado Marco Rubio
deben explicaciones a nadie.
Rubio lo dijo con la frialdad de quien no necesita levantar la voz: una visa no es
un derecho, es una decisión soberana de otro país; Landau, por su parte,
contestó al hijo del expresidente con una ironía que dolió más que cualquier
comunicado; dijo en su cuenta de X “¿Estás disfrutando el show?, rellena tus
palomitas. Amarás la siguiente parte”.
Ese desprecio no es casualidad; es la lectura que Washington ha hecho, desde
hace meses, de la actual política mexicana como un teatro de familias que se
reparten el poder y exigen, además, que se les trate con reverencia.
El narco detrás, la espada de Damocles al acecho..


De eso se trata realmente esta historia: de un clan que construyó su relato
político sobre la “austeridad republicana” y el sacrificio del “pueblo bueno”,
mientras sus hijos se trasladaban en vuelos privados, hacían negocios con
amigos de conveniencia y aspiraban a curules sin más mérito que el apellido.
El propio expresidente, Andrés Manuel López Obrador, gobernó seis años
exigiendo pobreza franciscana a los demás y construyendo, desde La
Chingada, una corte familiar que hoy reclama impunidad como si fuera derecho
de nacimiento.

El Nerón de Macuspana no incendió Tabasco, pero sí incendió las
instituciones que debían vigilar a su propia familia, y ahora su hijo se sorprende
de que otro gobierno —extranjero, además— le pida cuentas que el suyo
nunca le exigió.


Para documentar el optimismo, las preguntas incómodas no vinieron de
Washington: llevan meses circulando en México. ¿De dónde salió el patrimonio
de un exsecretario de Organización de Morena que aspira a una diputación por
Tabasco? ¿Qué relación guarda con el huachicol fiscal que ha golpeado a
media administración portuaria del país? ¿Por qué figuran su nombre y el de su
círculo cercano en señalamientos de tráfico de influencias que ningún fiscal
mexicano se ha atrevido a investigar? Andy exige a Trump que le explique por
qué le quitaron la visa; el país entero sigue esperando que él explique por qué
merecía conservarla.
Y aquí es donde Morena, como partido, comete un error que le costará y caro:
en lugar de exigir a su propio militante que responda con documentos y no con
cartas, cerró filas como clan de la mafia.
La presidenta Claudia Sheinbaum calificó la medida de injerencia política; el
Comité Ejecutivo Nacional de Morena emitió un comunicado hablando de
soberanía nacional y de “tutelajes” extranjeros; Fernández Noroña ofreció,
cómo no, “toda su solidaridad”.
Misma maquinaria retórica que convocó, el mismo fin de semana, a 202
asambleas informativas para “combatir la desinformación de la derecha” y
“fortalecer la revolución de las conciencias”.
La soberanía nacional, sin embargo, no se defiende protegiendo a un solo
apellido; se defiende exigiéndole que rinda cuentas ante instituciones
mexicanas, no ante Trump ni ante nadie.
La oposición, previsiblemente, se lanzó con el mismo oportunismo con el que
Morena se victimiza: el PRI lo llamó “narcojunior”, la senadora panista Lilly
Téllez lo acusó de ser “huachicolero, cabecilla del narcopacto”, y el PAN pidió a
la Fiscalía General de la República y a la Unidad de Inteligencia Financiera que
lo investiguen.
Puede haber más golpeteo que rigor en esas frases, pero el hecho de que un
exdirigente nacional de Morena tenga que responder públicamente sobre
huachicol y contratos, y no lo haga, dice más de la debilidad de su defensa que
cualquier adjetivo que le endilgue Alito Moreno.


Al final, la carta de Andy revela lo que siempre ha sido esta familia: una
dinastía que confundió gobernar con heredar, y que ahora descubre que ni el
poder ni el apellido compran inmunidad fuera de las fronteras que controlaron
durante seis años.
Que Trump conteste o no es lo de menos; la pregunta que Veracruz y México
deberían hacerle a Andy —y que Morena debería exigirle antes que la Casa
Blanca— no es si Rubio y Landau actuaron con motivos políticos.
Es de dónde salió todo lo que hoy defiende con tanta furia.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com