EL PERIODISMO QUE TODAVÍA TIENE ALMA. BITÁCORA POLÍTICA

Jun 15, 2026 | Columnas

WEB MASTER


Por Miguel Ángel Cristiani G.

En tiempos en que la información se consume a la velocidad de un clic y las redes sociales
han convertido la tragedia humana en mercancía digital, resulta reconfortante comprobar
que todavía existen periodistas capaces de hacer periodismo con alma. Porque informar no
es solamente contar hechos; es también comprender el dolor ajeno, darle contexto y,
cuando es posible, contribuir a transformar realidades.
No acostumbro abordar asuntos personales en esta columna. He procurado siempre
mantener una prudente distancia entre la vida privada y el ejercicio periodístico. Sin
embargo, en esta ocasión hago una excepción por una razón que trasciende el ámbito
familiar y se instala en el terreno de los principios que deben guiar al periodismo.
Este día, mi hija menor, Angélica Cristiani Mantilla, recibió un reconocimiento de la
Asociación de Comunicadores Veracruzanos (ACOVER) por su trabajo periodístico con
sentido humano. Y si algo merece ser destacado públicamente, es precisamente la
reivindicación de un periodismo que coloca a las personas en el centro de la noticia.
Entre los trabajos que le valieron esta distinción está la historia de una mujer que vivía en
condición de calle. Después de ser entrevistada y de darse a conocer su situación, el DIF
municipal intervino para brindarle refugio y atención. Su vida cambió radicalmente. No fue
una nota para obtener miles de reproducciones en internet ni un ejercicio de exhibicionismo
mediático. Fue periodismo con utilidad social.
Pero ese caso es apenas un ejemplo. Pocos periodistas poseen la sensibilidad, la capacidad
narrativa y la disciplina profesional para construir historias con profundo sentido humano.
La prisa por publicar, la competencia por la primicia y la búsqueda de notoriedad han ido
desplazando el valor esencial de escuchar y comprender a las personas.
Por eso adquiere especial relevancia el reconocimiento entregado por la Asociación de
Comunicadores Veracruzanos. Desde su fundación, hace más de una década, la ACOVER
estableció en sus estatutos la organización de un concurso periodístico, cuyos trabajos
serían evaluados por jurados externos. Casi medio centenar de trabajos fueron analizados y
calificados.
Fue hasta este año, bajo la presidencia del también destacado periodista Luis Domínguez,
cuando finalmente se concretó este propósito institucional. Más vale tarde que nunca.
Porque las asociaciones de periodistas no pueden limitarse a emitir posicionamientos o a
tomarse la fotografía de ocasión. Deben también reconocer el mérito, estimular el buen
periodismo y dignificar un oficio que atraviesa uno de sus momentos más difíciles.
Y es aquí donde la celebración inevitablemente se encuentra con la amarga realidad.
En los últimos tres años, tres integrantes de la propia asociación han sufrido saqueos en sus
domicilios. Se llevaron computadoras, equipos de trabajo y herramientas indispensables

para ejercer la profesión. Y el panorama es aún más sombrío si recordamos la larga y
dolorosa lista de periodistas asesinados o desaparecidos en Veracruz y en México.
Las autoridades responden casi siempre de la misma manera: anuncian la apertura de
carpetas de investigación. La expresión se ha convertido en un ritual burocrático que
pretende sustituir a la justicia. Se abre una carpeta, se ofrece una declaración, se promete
una investigación exhaustiva y después sobreviene el silencio. El expediente se archiva en
la práctica y la impunidad sigue su marcha.
La agresión contra un periodista no es únicamente un ataque individual. Es un atentado
contra el derecho de la sociedad a estar informada. Cada reportero silenciado representa una
historia que deja de contarse y una verdad que queda sepultada.
Por eso tiene valor reconocer a quienes todavía creen en el periodismo como un servicio
público y un compromiso ético con los demás. Porque ejercer este oficio con sensibilidad,
rigor y humanidad es hoy un acto de resistencia.
Mientras el Estado siga administrando expedientes en lugar de impartir justicia, los
mecanismos de protección para periodistas no serán más que costosos adornos burocráticos
colocados sobre las tumbas, las desapariciones y el miedo.