EL SILENCIO QUE COBRA FACTURA

Abr 30, 2026 | Columnas

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Bitácora Política:

Por Miguel Ángel Cristiani

En política, el silencio no es neutral: es complicidad diferida. Y cuando finalmente se
rompe, no siempre lo hace por convicción, sino por conveniencia. Esa es la lectura obligada
de las recientes declaraciones de Atanasio García Durán, padre del exgobernador
Cuitláhuac García Jiménez, quien ha decidido —tarde y sin rubor— emitir críticas sobre la
administración estatal que encabeza Rocío Nahle García.
La respuesta oficial no se hizo esperar: “no hay problema”, dijo la gobernadora, reduciendo
el episodio a una simple opinión personal, sin mayor trascendencia.
Y entonces vienen las preguntas que incomodan, las que no caben en el boletín oficial:
¿Por qué Atanasio García no salió en su momento a calificar —con la misma vehemencia—
la actuación de su propio hijo durante seis años al frente del gobierno?
¿Dónde estaba esa voz crítica cuando Veracruz acumulaba rezagos, omisiones y promesas
incumplidas?
¿El silencio de ayer fue prudencia… o complicidad?
Y ahora que ha decidido hablar:
¿Se trata de una preocupación genuina por el rumbo del estado o de una maniobra para
volver al radar político?
¿Busca reflectores, posiciones, una diputación, un cargo que lo reinstale en el circuito del
poder, como en los viejos tiempos?
¿Con qué autoridad moral se erige en crítico quien guardó silencio absoluto durante todo un
sexenio?
¿Acaso pretende diluir —esos sí documentados— los cuestionamientos derivados de la
Cuenta Pública del gobierno anterior?
No se trata de un pleito menor ni de un diferendo personal. El problema de fondo es
estructural: en Veracruz, como en muchas entidades del país, la política sigue operando
bajo lógicas patrimoniales, donde la familia y la cercanía pesan más que la responsabilidad
pública. Las lealtades no se construyen sobre resultados, sino sobre silencios; no sobre
instituciones, sino sobre vínculos personales.
Ahí radica la contradicción más grave. Legalmente, Atanasio García tiene todo el derecho
de opinar. Pero éticamente, su irrupción tardía es insostenible. Porque criticar después de
haber callado no es un acto de valentía, sino de cálculo político. Es la cómoda posición de
quien observa desde la grada lo que ayudó a construir desde el palco.
El trasfondo es más delicado de lo que se admite. Morena en Veracruz enfrenta tensiones
internas que comienzan a aflorar. No son nuevas, pero ahora son visibles. Y cuando las
diferencias se ventilan públicamente, cuando los silencios se convierten en reproches y las
lealtades en reclamos, lo que está en juego no es solo la estabilidad de un gobierno, sino la
credibilidad de todo un proyecto político.

Porque la ciudadanía no olvida. Y cada declaración, cada silencio, cada omisión, se
acumula en la memoria pública como evidencia. No basta con invocar la unidad ni con
minimizar la crítica: se requiere consistencia, congruencia y, sobre todo, responsabilidad.
Veracruz no necesita más discursos tranquilizadores ni ajustes de cuentas disfrazados de
opinión. Necesita claridad, autocrítica y un compromiso real con la rendición de cuentas.
Lo demás es simulación.
Porque cuando el silencio se rompe demasiado tarde y la crítica llega sin autoridad moral,
lo que se exhibe no es valentía política, sino la bancarrota ética de quienes hoy pretenden
reescribir lo que ayer decidieron callar.