Sin tacto
Por Sergio González Levet
Una tarde en que el maestro no podía acompañar a su hermana Marcroft, La
Gurú, me pidió que la llevara al cine, que es mi pasión, y también la de ella. Como
la cartelera estaba para llorar, tuvimos que ver una película dominguera: muchos
efectos especiales, poca actuación, un guion deplorable lleno de lugares comunes.
—¿Entiendes por qué no me gusta ese tipo de cine? —me dijo ella como
comentario divertido al salir de la función—. Las películas de Hollywood son
totalmente predecibles porque siempre aparecen en ellas las mismas situaciones
reiteradas: a) el personaje principal -o puede ser el antagonista, el malo- se enoja
y arroja violentamente su celular al piso o lo avienta contra una pared. b) Una
pareja heterosexual se queda viendo a los ojos de una y otro, hacen una pausa de
un segundo y se funden en un beso desesperado; ella engancha la cintura de él
con sus piernas mientras se acarician y se desvisten apresuradamente; en este
acto de pasión desbordada, tiran una lámpara, varios objetos más, y empiezan a
hacer un amor salvaje sobre la mesa de la cocina o del comedor o de la sala. c) El
reloj de tiempo de la bomba es desconectado por el protagonista cuando quedan
apenas uno o dos segundos para que estalle…así podría pasarme la tarde
enumerándote los gags que repiten incesantemente los guionistas y los directores
gringos, tan excelentemente pagados.
—Pero las palomitas estaban buenas, ¿o no?
—Excelentes. En verdad debimos habernos salido cuando nos acabamos la
caja, fue lo único que valió la pena, a mi entender —me contestó con un aire
socarrón que no ocultaba cierta burla—. Date cuenta, estuvimos poco más de dos
horas contemplando un derroche de tecnología y escuchando una historia que
tenía principio, desarrollo y desenlace, pero ninguna idea que valiera la pena como
para comentar a la salida…
Sin ponernos de acuerdo, fuimos caminando hacia una cafetería que estaba
cerca y nos sentamos como si cada uno supiera lo que quería el otro, que era lo
mismo para ambos. Pedimos unos cafés extraños, pues Mar se terminó inclinando
hacia el estrambote con las bebidas, y en medio de esos múltiples coloridos
encerrados en los vasos, continuó su perorata:
—Hace poco platiqué con un psicólogo y le comenté que me sentía cansada de
la vida social, porque no hacía nada divertido. Él me contestó que tenía que meter
versatilidad a mi tiempo libre, y me recomendó que acudiera con mayor frecuencia
a alguna plaza comercial; que ahí tomara café con unas amigas, que fuera a
comer con otras, que hiciera algunas compras de cosas suntuosas, que hablara
sobre las fruslerías de la vida… y sobre todo que fuera a ver una película ligera
Yo, como el personaje del poema Reír llorando, le dije que era lo que hacía
siempre, y que precisamente por eso me sentía tan aburrida. No me aguanté, y le
dije: “Yo soy Garrick, ¡cambiadme la receta!”
Los dos nos reímos con muchas ganas, y poco a poco fuimos recuperando el
aire y la compostura. Ya serios:
—Hay que tener en cuenta —me dijo como conclusión la inteligente
Marcroft—que el cine es el gran entretenimiento de nuestro tiempo, pero también
el gran vehículo de sometimiento intelectual de las masas (además de que es un
negocio fabuloso para las productoras norteamericanas y para los dueños de las
salas de cine en nuestro país). Eso de los lugares comunes, eso de machacar y
machacar con las mismas historias, forma parte de la estrategia para mantener a
las personas en un estado de catatonia mental. Vas al cine a ver una y otra vez lo
mismo, al grado que ya sabes lo que va a pasar en la película o en la escena, y
así terminas por ser una marioneta que no piensa y no necesita pensar… y
pensar, recuerda, es lo que nos hace ser humanos, es lo que nos hace seres
humanos.
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