Es Mi Pienso
Jesús Castañeda Nevares
Resulta curioso, por decirlo de forma amable, observar la metamorfosis de nuestra clase política. Tras el fracaso del «Plan A» —donde el voto en contra de los aliados del poder se sumó al de la oposición, presas del pánico ante la posible desaparición de sus siglas y la pérdida de sus privilegios—, ahora aparecen jubilosos sumados al «Plan B», enarbolando una hoz que pretende cortar privilegios… pero siempre los de otros.
Bien dice el dicho: “Que se haga la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre”.
El «pueblo bueno» no termina de entender bien a bien de qué trata este asunto. Por una parte, suena razonable y justo que se eliminen los excesos: esos lujos escandalosos, viajes, ropa de marca, relojes y joyas que muchos legisladores y funcionarios exhiben sin pudor. Lo irónico es que son esos mismos personajes quienes hoy se rasgan las vestiduras y levantan la bandera contra los privilegios ajenos, mientras defienden con uñas y dientes los propios.
“El buen juez por su casa empieza”, reza el refrán, pero aquí la congruencia brilla por su ausencia.
Sin duda, hay excesos en los presupuestos de los Congresos que deben transparentarse. El pueblo debería saber dónde recortar, empezando por los descuentos por faltas o la eliminación de gastos superfluos como los salones de belleza internos. Sin embargo, la austeridad republicana no puede aplicarse a ciegas. Hay formas de ahorrar que no pasan por el machetazo presupuestal, sino por el ejercicio responsable y honesto, vigilando, por ejemplo, que el dinero de la obra pública no se dilapide en sobrecostos.
Debemos entenderlo claro: el recorte en salud no es ahorro, es un crimen; el recorte a la educación no es austeridad, es un atentado contra las siguientes generaciones.
En este escenario surge la duda: ¿La revocación de mandato no es también un gasto innecesario que debiera pasar por el filtro de la austeridad? Tal vez no lo han considerado. O quizás olvidan que la revocación es una herramienta ciudadana para cuando no se está satisfecho con el gobernante. Si se presume que la Presidenta tiene un 80% de aceptación, ¿qué sentido tiene el gasto?, salvo que ese «Plan B» esconda un «Plan C» como verdadero motivo de todo.
Habrá que recordarles el mantra de “no mentir, no robar y no traicionar”. Y que mejor nos hablen derecho para saber, de una vez por todas, “a qué le tiras cuando sueñas mexicano”. Porque en este río revuelto, dirán ahora “los verdes y los del pt” que efectivamente los cocodrilos vuelan… pero bajito. Porka Miseria

