MALOS GOBERNANTES, PEORES SERES HUMANOS

Abr 9, 2026 | Columnas

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KAIRÓS

Francisco Montfort Guillén

Todavía no sabemos si los gobiernos instalados desde 2018 son los indicadores de una brecha que se convertirá en tendencia irreversible o constituyen una serie de acontecimientos que van marcando nuestro presente cotidiano, es decir si vivimos una lenta pero profunda e irreversible transformación con sus transformaciones de las mentalidades, sentimientos e instituciones, es decir, si nos asomamos a una nueva era nacional como repetición cíclica del subdesarrollo, recomienzo de las pesadillas del malestar social. O si lo que vivimos es una serie de acontecimientos que mezclan los hechos internacionales con los nacionales que crean una mixtura, un oscuro tejido de muchos hechos sin aparente razón y lógica, con una sucesión a la que debemos ir encontrando el hilo de su devenir para explicar su aparición e influencias, pero que finalmente desaparecerán bajo el tejido histórico de la trágica continuidad.

No basta con autoproclamarse novedad e insistir en su repetición como una etapa superior en fortalezas y bondades para que en verdad aparezcan las nuevas cualidades. En términos sociales las novedades grandiosas que significan un vuelco histórico son el resultado de la construcción de una etapa superior de autodominio de la sociedad sobre ella misma, en términos de Alain Touraine; o de la compleja textura de un bucle social autogenerado por nuevas cualidades organizacionales que involucran procesos en sí complejos de largo plazo en términos de modernidad, desarrollo, democracia y nuevas cualidades organizativas del Estado.

Las profundas transformaciones de una sociedad/Estado mezclan los acontecimientos cotidianos, aunque identificados como pequeñas novedades o hechos que llevan en sus entrañas algunos rasgos inéditos para sus propios constructores con las brechas que se convierten en tendencias y se ven como nuevos niveles de acción histórica que distinguen a las propias sociedades de sus antecesoras inmediatas. Esta emergencia fruto de la complejidad es perceptible en sociedades como la española o la portuguesa o la polonesa por sólo citar tres ejemplos. Son sociedades que todavía pueden comparar de manera fresca su situación anterior a sus respectivas transiciones democráticas y a su integración como miembros activos de la Unión Europea.

En México, dados los hechos y los momentos históricos que vivimos parecen cada vez más claro que los acontecimientos nacionales marcan tan solo una serie desastrosa de acontecimientos locales ahora entremezclados con las dificultades transnacionales lideradas por los cambios promovidos por los Estados Unidos de América. Y es que la mayor novedad de estos días es que para tratar de entender qué sucede en la nación mexicana, al revisar los acontecimientos nacionales,

(similares en sus particularismos con los hechos acontecidos en otros regímenes democráticos), ya no pueden dejar de ser pensados con sus interconexiones internacionales, especialmente con los propuestos por los vecinos del norte e, inclusive, con los cambios de la naturaleza que nos afectan en todos los órdenes.

Hacia finales del sexenio de Felipe Calderón eran ya ostensibles las dificultades que tenía nuestro sistema democrático para continuar su desenvolvimiento ascendente no sólo por la aparición descarada del crimen organizado como una fuerza social no solo disruptiva del orden y la seguridad nacionales, sino también por su poderío económico cada vez más ligado con las empresas de ciertos estados de la república y su dominio sobre las autoridades municipales tanto policiales como civiles. El verdadero estallido de esa continuidad fue la falta de apoyo social de la sociedad, inclusive de su mismo partido, a la candidatura de una mujer con características potenciales para realizar una buena presidencia. Y el colmo de la desorientación fue el recurso de los votantes al candidato del PRI después de haber luchado ferozmente por sacarlo de la presidencia.

En esos momentos se abría una pequeña brecha para el “retorno de los brujos”. Y lo que vino con esa “nueva presidencia del nuevo PRI” fue la mayor corrupción de los jóvenes priistas y lo inaceptable para los “viejos priistas hipernacionalistas” y los pseudoizquierdistas radicales: las nuevas reformas de Estado que marcarían la extinción de esas claques que estaban en contra de toda modernización del Estado, del poder político, sindical y de las empresas de Estado pues los condenaba a la marginación total y a nunca disfrutar de “todo el pinche poder” para robar a sus anchas el presupuesto y el patrimonio nacional.

Con un discurso político fincado en los artificios de la propaganda política (dejando de lado el marketing propio de una contienda democrática) al uso de la propagación de las grandes ideologías, construido sobre valores religiosos y de crítica a los excesos de los partidos tradicionales, un expriista de Tabasco creó un partido llamado Movimiento de Regeneración Nacional que, como un fuerte huracán, encontró, alzó y recogió a toda la basura política de cualquier partido y región del país, incluido el poder de los narcotraficantes que le ayudara a conseguir el poder a cambio de la promesa de que con el triunfo tendrían un lugar, un puesto y la impunidad total para destruir el derecho y alzarse con la parte del presupuesto a su disposición.

Y por estas razones entre otras se imponen las preguntas: ¿estaba el país en una situación tan grave como para haber actuado a la desesperada sin razonar su voto? ¿Estaba el Estado tan mal configurado como para desatar la ruda y bárbara destrucción de las instituciones construidas con el propósito de hacer más moderno, eficiente, eficaz, funcional y democrático el Estado mexicano? ¿O en realidad los mexicanos pecamos de ingenuos al creer que nuestras débiles estructuras democráticas podrían resistir el paso del Atila tabasqueño sin quedar derruidas?

Ahora vemos los acontecimientos llevados a cabo por los dos presidentes de Morena con estupor, con cierta vergüenza e impotencia; escuchamos sin dar crédito a las mentiras pronunciadas a diario por los titulares del Poder Ejecutivo y sus funcionarios y políticos: todo parece una pesadilla en momentos en que los cambios en el mundo exigen a México fortaleza institucional del Estado, capacidades intelectuales, morales y éticas de sus políticos y gobernantes. Y mientras esas exigencias se hacen presentes resulta que el gobierno mexicano, por medio de su titular del Poder Ejecutivo descalifica de fea manera, vulgar, anti intelectualmente, sin educación ni decoro el reporte del informe sobre la tragedia de las personas desaparecidas en México formulado por un comité de la ONU y que pide que el caso mexicano sea tratado en el seno de esa máxima institución.

No hay vergüenza, ni pudor, ni recato, ni moral ni ética en la presidente ni en la secretaria de gobierno que siendo mujeres y madres son incapaces de tener empatía con las madres y padres y familiares que buscan afanosamente a sus personas amadas porque el Estado mexicano es incapaz de ofrecer respuestas, mitigar dolores, restañar heridas. Las cifras sobre la situación de las personas desaparecidas en México son de espanto. Si sumamos los homicidios dolosos y todas las horribles formas de muerte que han sido reseñadas por la prensa mexicana e internacional mediante la voz de testigos y de los mismos ejecutores estamos frente a una situación de emergencia, de horror, de pesadilla. Aunque es igual, o aún peor, la actitud que suman las tres mujeres encargadas y responsables (presidente, secretaria de Gobierno, directora de la CNDH) de atender y resolver estos asuntos. Y la tragedia nacional es que la sociedad mexicana, en su gran mayoría, aprueba y aplaude la actuación de estas tres funcionarias. Son o forman parte de lo mismo: la derrota de la civilización en México.

Como dice Rob Riemen: tenemos que <<combatir la desolación del no saber nada y el fanatismo del saber único>> (El arte de ser humanos. Taurus. México, 2023) que es la huella de los integrantes de Morena. Y ahora rematarán dejando fuera cualquier posibilidad de formar partidos políticos nuevos. Gozan, a plenitud, “de todo el pinche poder”.

francisco.montfort@gmail.com