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Feb 12, 2026 | Columnas

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KAIRÓS

Francisco Montfort Guillén

Las ocho columnas de los diarios. Los encabezados de los portales. Los títulos de los artículos. En la mayoría brillan los adjetivos como armas punzantes. Más que nombrar y describir, injurian. Hacen referencia a las ideas de los adversarios políticos como sujetos peligrosos por radicales. Es igual para todos. A los ultraderechistas. Los xenófobos. Los reaccionarios. Los conservadores. Otros titulan lo mismo, pero en contra de los ultraizquierdistas. Las posiciones políticas han sido convertidas en descalificantes insultos.

Aunque predominan ciertas indulgencias hacia lo que significa la izquierda. No importa que se trate de dictaduras como las de Cuba, Venezuela, Nicaragua. Por lo general, amigos y enemigos de ellas las nombran “gobiernos progresistas”, como en México con el gobierno de Morena. Parece que la política, sobre todo en occidente, cada vez más liada con las religiones cristianas han decretado una especie de derecho natural: las reivindicaciones de los pobres, los excluidos, los marginados forman parte de las bondadosas propiedades de “las izquierdas”; mientras que a los partidos de las derechas les han sido asignadas como herencia maldita las metáforas de esas mismas religiones respecto del camino al infierno: la avaricia, el amor a las riquezas, los lujos, las conductas de aquellos que no pasarán por las puertas del reino aunque tal vez logren escabullirse por el ojo de una aguja, o formarán parte de los expulsados del templo por los latigazos del Cristo justiciero.

Divididos esquemáticamente esos bandos, con la aureola inmaculada de la izquierda y el estigma repudiado de la derecha, la realidad de la condición humana es olvidada y reducida a simplificaciones y reduccionismos que no dan cuenta de la complejidad de lo real. Tal vez el caso paradigmático y ahora patético sea el régimen de la Revolución Cubana de Fidel y del Che, que constituye el ejemplo más nítido de esa ceguera que producen los prejuicios, la flojera y la soberbia intelectuales, los odios irracionales que abandonan las razones y anidan las ideologías. Así, las dictaduras de la derecha (la fascista, la hitleriana, la pinochetista) contienen todas las perversidades de las conductas humanas mientras que las dictaduras de la izquierda (la atroz soviética, la durísima coreana, la controladora y asfixiante china, la caricaturesca nicaragüense, la decadente cubana) son justificadas por sus supuestos bondadosos fines. Pero no, nunca, por sus crueles realidades.

No es suficiente muestra que Alemania haya resurgido con gobiernos de derecha y socialdemócratas y en general toda Europa, primero, y después la Unión Europea sean construcciones colectivas sin los extremismos de derecha e izquierda. Poco importa que el mayor imperio hasta ahora conocido sea

gobernado por conservadores (derecha) y demócratas (izquierda), salvo la excepción de Trump. Siempre existirá la crítica favorable para la edulcorada izquierda y la crítica demonizada para la derecha. Difícilmente existirán personas que declaren con orgullo ser de derechas. En cambio, casi cualquier ser humano se dirá de izquierda, aunque ni siquiera sepa lo que este concepto significa en su propia sociedad.

Una de las raíces de esta deriva ideológico/religiosa está en los falsos conceptos de conservación y revolución. Ahora mismo, en la Unión Europea son las gentes de izquierda las más conservadoras. Y lo son por el temor que tienen a perder su aureola de buena ondita frente a los cambios que impulsan no los temibles derechistas, sino las creativas y expansivas fuerzas productivas. Se han olvidado de una vieja frase del viejo Burke que afirmaba que las buenas costumbres son la mejor base para construir buenas leyes, que por esa razón había que conservar las buenas maneras, porque estas aseguraban la convivialidad civilizada entre los diferentes grupos humanos, aún en ausencia de leyes.

¿Qué tiene de progresista haber infundido el odio entre los mexicanos, divididos artificialmente entre fifís y chairos? ¿Qué adelanto se obtuvo en destruir la incipiente institucionalidad para atajar la corrupción y castigarla? ¿Qué progreso se ha ganado con la construcción de obras tan inútiles como multimillonarias? ¿Qué nuevo nivel civilizatorio ha conquistado nuestro país con la construcción de un narco gobierno, sin duda la más alta traición a la patria mexicana en los tiempos modernos?

Si a este “progresismo” le añadimos la mentalidad reaccionaria que gobierna el país desde 2018, que busca regresar las formas de gobierno, de organización de la economía y el funcionamiento del sistema político a los tiempos de la “dictadura perfecta” tenemos una explicación del desastre en que está sumido el país en todos los ámbitos de la vida pública. Este “progresismo reaccionario” ha creado un ambiente nacional de derrota, de desconfianza, de odios enquistados, de venganzas frías que fueron sembradas y fortalecidas a lo largo de estos últimos siete años. Con la próxima reforma electoral se cerrará el “círculo de hierro morenista del progresismo reaccionario” que bloqueará la expansión del bienestar de todos los mexicanos, salvo para los integrantes del capitalismo de compadres que rodea las dos últimas presidencias del país.

Las enormes carencias culturales, de formación técnica rigurosa, de claridad sobre el importante papel que juegan las libertades en todo proceso de desarrollo humano, el respeto de las buenas costumbres familiares y sociales, así como la formación escolar excelsa de mujeres y hombres de los integrantes de Morena están generando una sociedad de altos niveles de corrupción, ineficiencia e ineficacia. La modernización de los seres humanos ha sido interrumpida desde 2018, lo mismo que la expansión de la vida democrática y el florecimiento del desarrollo tecno económico.

A las élites gobernantes se les ha olvidado, o no han reflexionado suficientemente, que para reformar hay que conservar y para conservar hay que revolucionar, todo al mismo tiempo según las circunstancias del momento, del ecosistema, de acuerdo con el filósofo Edgar Morin. Sin conservación todo lo avanzado se destruye y sin innovación todo lo conservado se pudre. Y de esta compleja tarea debe encargarse el Estado, el Aparato que debe funcionar como el gran cerebro colectivo de cada nación. Y hoy por hoy, en México contamos con un Estado, un Aparato, un Cerebro hemipléjico que solo vela por los intereses legales e ilegales de sus cofradías. Por eso las declaraciones de una sola persona, así ostente el puesto más alto de la jerarquía del Estado, suenan huecas, sin fondo, sin contexto (¿no resulta patético que frente al problema complejo de reconstruir el Estado para derruir las estructuras del narco gobierno, salga ella feliz para anunciar, con una intolerable simpleza, que ya se asesinan menos personas en México y que por eso avanzamos en cuestiones de seguridad, mientras resulta visible la manipulación de las cifras y el aumento de las desapariciones de personas?); y sin incidencia sobre la complejidad de lo real mexicano. Las mañaneras, como en la vieja canción grabada con textos en la voz inolvidable de Alain Delon, resultan solo