Por Miguel Angel Cristiani G.
¿Puede una ciudad crecer sin perderse en el desorden que históricamente acompaña al
poder? Esa es la pregunta de fondo tras la reciente reunión entre la presidenta municipal de
Veracruz, Rosa María Hernández Espejo, y el almirante retirado Abraham Eloy
Caballero Rosas, director de ASIPONA Puerto de Veracruz. Un encuentro que, sin
agenda pública detallada, se reviste de simbolismo político y de expectativas económicas
mayúsculas para el Puerto de Veracruz.
Cuando se habla de “alianza estratégica” entre ciudad y puerto, no se alude a un mero
intercambio de cortesías institucionales. Se trata de una relación históricamente tensa,
marcada por la expansión portuaria, los conflictos urbanos y la eterna promesa de que el
desarrollo económico se traduzca en bienestar social. Que hoy ambas instancias digan
caminar “en un mismo sentido” es una declaración política que merece algo más que
aplausos automáticos: exige seguimiento crítico.
Uno de los temas que, aunque no se confirmó oficialmente, flota con insistencia es la
llegada de buques turísticos. No hace falta ser experto para dimensionar el impacto que los
cruceros pueden tener en la economía local: consumo directo, derrama en servicios,
dinamismo comercial. Pero tampoco hace falta ser ingenuo para saber que el turismo mal
planificado genera gentrificación, presión urbana y beneficios concentrados en pocos
bolsillos. El reto no es que lleguen los barcos; el desafío es decidir quién se beneficia
cuando atracan.
En este contexto, la figura de Rosa María Hernández Espejo cobra relevancia. En los
primeros días de su administración ha mostrado una agenda intensa, activa, visible. La
organización del Carnaval 2026 —evento que mereció el reconocimiento público de la
gobernadora Rocío Nahle García— no es un dato menor: habla de capacidad operativa y
de lectura política del ánimo social. El carnaval, bien llevado, es identidad, economía y
gobernabilidad.
Hernández Espejo no es una improvisada. Su paso por la Universidad Veracruzana,
donde impartió cátedra en la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, y su
trayectoria como comunicadora en XEU, le dieron oficio para entender el pulso social y el
valor de la narrativa pública. A ello se suma su experiencia en distintos cargos de la
administración pública. Esa mezcla de academia, comunicación y gestión hoy se refleja en
una presidencia municipal que, al menos en forma, entiende que gobernar también es
explicar.
Pero el desarrollo no se sostiene solo con buenas intenciones ni con agendas nutridas.
Requiere contrapesos. Y aquí entra el segundo movimiento relevante en el tablero político
estatal: el nombramiento de Bárbara Galindo Ramos como encargada de despacho de la
Contraloría General del Estado. Una designación que deberá ser ratificada por la
Congreso del Estado de Veracruz, conforme a la ley.
Galindo Ramos no llega de la nada. Desde 2024 se desempeñó como subdirectora de
Fiscalización de los Recursos Federales y enlace ante la Auditoría Superior de la
Federación, participando en la supervisión del gasto público federalizado. Su perfil técnico
es una buena señal en tiempos donde la retórica anticorrupción suele superar a la práctica.
Su encomienda es clara: fortalecer los mecanismos de control, vigilancia y evaluación de la
gestión pública.
La salida de Ramón Santos Navarro, quien buscará ahora la titularidad de la ASF, se dio en
términos institucionales, con reconocimiento de su gestión. Eso habla de una transición
ordenada, pero también abre una ventana de oportunidad —y de riesgo—: la Contraloría
puede ser garante de legalidad o simple oficina de trámite político. No hay término medio.
El hilo que conecta ambos hechos —puerto y contraloría— es la palabra clave de toda
democracia funcional: rendición de cuentas. El crecimiento portuario sin vigilancia es
botín; la fiscalización sin autonomía es simulación. Veracruz no puede permitirse ni lo uno
ni lo otro. El 2026, como bien se ha dicho, será determinante, pero no por los discursos,
sino por la capacidad real de convertir coordinación en bienestar y control en confianza
ciudadana.
Porque cuando el poder se coordina sin vigilancia, el desarrollo se vuelve discurso y la
esperanza, otra carga que termina hundiéndose en el muelle de la desmemoria.
