Por Miguel Ángel Cristiani G.
Renegociar la deuda pública en Veracruz no es una noticia nueva; es, más bien, la
repetición de una vieja promesa envuelta en un lenguaje técnico que pretende sonar a
solución estructural. La pregunta obligada es incómoda, pero necesaria: ¿estamos ante una
estrategia seria de saneamiento financiero o frente a otro episodio de administración
diferida del problema?
El anuncio del gobierno estatal, encabezado por la gobernadora Norma Rocío Nahle García
y la Secretaría de Finanzas, plantea una revisión integral de la deuda con el objetivo de
mejorar condiciones, reducir intereses y liberar recursos. En el papel, suena impecable. En
la práctica, la historia de Veracruz obliga a desconfiar.
No es la primera vez que se habla de “reestructurar” la deuda. Desde hace al menos tres
sexenios, este concepto ha sido utilizado como sinónimo de solución, cuando en realidad
muchas veces ha significado trasladar el problema hacia adelante, alargando plazos y, en no
pocos casos, incrementando el costo total de la deuda. Es decir, pagar menos hoy para
pagar más mañana. Una decisión políticamente cómoda, pero financieramente cuestionable.
La deuda pública de Veracruz no es un accidente reciente. Es el resultado de años de
manejo discrecional, opacidad y, en algunos casos documentados, corrupción abierta. Basta
recordar los pasivos heredados de administraciones anteriores, donde el endeudamiento no
se tradujo en infraestructura ni en bienestar social, sino en una carga que sigue pesando
sobre generaciones que no participaron en esas decisiones.
Hoy, el gobierno plantea actuar bajo la Ley de Disciplina Financiera de las Entidades
Federativas y los Municipios, lo cual es correcto en términos normativos. Sin embargo,
cumplir la ley es lo mínimo exigible, no un mérito. La verdadera prueba está en la
transparencia real del proceso: ¿se harán públicos los nuevos términos de la deuda?, ¿se
conocerán las tasas negociadas?, ¿habrá claridad sobre los costos totales a largo plazo?
Porque aquí está el punto central: renegociar deuda no es sinónimo de reducir deuda. Es, en
el mejor de los casos, una herramienta de administración financiera que puede aliviar
presiones de corto plazo, pero que también puede convertirse en una trampa si no se maneja
con rigor técnico y honestidad política.
El argumento de liberar recursos para salud, educación e infraestructura es legítimo. Nadie
podría oponerse a ello. Pero la experiencia indica que esos recursos “liberados” rara vez
llegan íntegros a donde se prometen. La tentación del gasto corriente, del compromiso
político inmediato o de la obra de relumbrón suele imponerse sobre la planeación de largo
plazo.
Por otro lado, el sector empresarial observa con expectativa, mientras la oposición exige
transparencia. Ambos tienen razón, pero se quedan cortos. Aquí no basta con observar ni
con exigir: se necesita vigilancia permanente y rendición de cuentas efectiva. La deuda
pública no es un asunto técnico reservado a especialistas; es un tema profundamente
político porque compromete el futuro de millones de veracruzanos.
Y en ese sentido, la narrativa oficial enfrenta un dilema: si la renegociación es exitosa,
deberá demostrarse con cifras verificables y beneficios tangibles; si no lo es, quedará como
un episodio más de simulación financiera.
Veracruz no necesita discursos sobre disciplina fiscal; necesita resultados medibles,
decisiones responsables y, sobre todo, memoria. Porque olvidar cómo se llegó a esta
situación es el primer paso para repetirla.
Renegociar sin transparencia no es solución: es simplemente refinanciar la opacidad con
cargo al futuro.
