Desde el Café
Bernardo Gutiérrez Parra
Este primero de enero falleció Hilda Alcántara, una mujer de 73
años que viajaba en el Tren Interoceánico que se descarriló el
pasado 28 de diciembre. Con su deceso, ya son 14 las víctimas
mortales de un trenazo donde hubo más de 100 heridos y en el que el
único responsable será el maquinista, que para la de malas de las
autoridades salió ileso. Porque si hubiera fallecido, la FGR ya
hubiera cerrado el caso.
Es decir, de que lo van a culpar lo van a culpar; eso no tiene vuelta
de hoja. La diferencia es que como está vivo se va a defender, lo que
no habría sucedido si se contara entre las víctimas mortales de un
accidente que estaba más que cantado desde su concepción.
A López Obrador se le ocurrió revivir los ferrocarriles pero sin
contar con un plan maestro que incluyera al menos un estudio
topográfico. Nunca hubo ni eso, no señor, todo fue una inspiración
presidencial. En una de sus giras por Coatzacoalcos vio unas vías
abandonadas y dijo: las vías aquí están. Ya nomás falta montarles las
máquinas.
Como era punto menos que imposible construir las máquinas en el
tiempo estipulado por el señor presidente, se reciclaron dos
ferrocarriles abandonados en unos andenes de Puebla. Estos
ferrocarriles se compraron en tiempos en que Rafael Moreno Valle
gobernó esa entidad y quiso (sin lograrlo) hacer un tren entre Puebla
y Cholula.
El Interoceánico se hizo con rapidez, improvisación, negligencia,
nepotismo presidencial y toneladas de corrupción.
Como las constructoras serias le dijeron al presidente que no era
posible acabar el trabajo antes de que terminara su mandato, éste
encargó la chamba a la Marina, tan experta en hacer barcos como
neófita en la construcción de trenes. Pero con una ventaja para
Andrés Manuel: un militar o un marino jamás dicen no a una orden
presidencial.
Y órale.
Desde el inicio de la obra, la Auditoría Superior de la Federación
advirtió sobre irregularidades como las condiciones peligrosas en el
tramo donde ocurrió el descarrilamiento: curvas y pendientes
pronunciadas e inestabilidad topográfica, pero la ignoraron.
Otra peligrosa irregularidad fue el balastro de mala calidad que se
usó para soportar los durmientes, las vías y el ferrocarril. Además,
hay kilómetros de durmientes viejos y podridos que nunca fueron
cambiados. Pero nada de eso detuvo la construcción porque había
que terminarla antes de que se fuera el señor presidente.
Los ingenieros de la Marina informaban sobre los avances a un
supervisor con una dilatada experiencia en la construcción de trenes
y vías, que para buena fortuna de la República prestó sus servicios
como “Honorífico”, es decir, sin percibir ni un peso (y con lo que
cobran esos cuates). Este buen samaritano responde al nombre de
Gonzalo López Beltrán y casualmente es hijo del señor López
Obrador que fue el que le dio la chamba.
El trabajo de Gonzalo en el papel, era supervisar técnica y
administrativamente la obra asegurando que se apegara a planos y
normas de calidad, controlar tiempos y presupuestos, gestionar la
seguridad, coordinar equipos y llevar la bitácora de obra para
garantizar un proyecto exitoso. Pero en la práctica, se dedicó a
engrosar su ya de por sí gruesa cuenta bancaria, principalmente con
el balastro que le surtió al Tren su amigo Almícar Olán, un chico
emprendedor que se hizo multimillonario en el sexenio anterior.
Gonzalo hizo tan mal su trabajo que el Tren se descarriló (como se
descarriló el Tren Maya donde también metió las narices), pero
nadie lo ha llamado para que responda por la tragedia. Y si lo llaman
será para exonerarlo. Por eso digo que la culpa recaerá sobre
maquinista, pero si éste se defiende bien el responsable será un
perno. como ocurrió en la Línea 12 del Metro.
En fin lector, mientras las víctimas sufren sin que ninguna autoridad
las apoye, Gonzalo “El Bobby” López Beltrán, que al igual que sus
hermanos mayores apesta a conflicto de intereses, latrocinio,
corrupción e impunidad, disfruta de la gloria de ser un hijo de quien
es… un hijo de su papá.
bernagup28@gmail.com
