Sin tacto
Por Sergio González Levet
—Usted me va a disculpar, maestro, pero no voy a poder pasar las mañanas de
esta semana con usted, no obstante que hay vacaciones. Resulta que el titular de
la oficina (así le dicen los burócratas) ordenó que se hagan guardias para estar
pendientes en caso de que surja algún imprevisto, y me tocó cubrir el turno
matutino…
—¿Guardias? —intervino extrañado el pensador—. Pero ¿cómo puede haber
algún “imprevisto” en tu oficina si trabajas en el sector educativo? Es evidente que
en estas fechas no habrá servicios escolares (lo digo así para continuar en el tono
burocrático que tú empezaste, conste), no habrá clases, vamos, y por lo tanto no
habrá alumnos ni maestros ni personal administrativo en las escuelas.
—Cierto, maestro, están cerradas y vacías —confirmé.
—Mira, eso de las “guardias” no es más que una medida demagógica que
aplican los flojos que no hacen nada durante el año, para tratar de sembrar entre
la ciudadanía la idea de que son muy cumplidos, productivos y responsables, al
grado de que trabajan en sus oficinas hasta en las temporadas de asueto…
bueno, debería decir “acuden a sus oficinas” en lugar de “trabajan”, porque en
realidad solamente van a perder el tiempo, a comer en deshoras y a tratar de
ligarse a las secretarias o a los jefes, según sea el caso. ¡Ah!, y a ver qué se
transan, porque la corrupción está muy extendida entre este tipo de dañinos
personajes, que pululan en las dependencias públicas de los tres niveles de
gobierno y de todos los poderes.
—Ahora que usted me lo dice, veo que tiene gran razón, mi estimado
antifilósofo. De inmediato se me vinieron a la mente varios compañeros que son la
quintaesencia del “dejar hacer, dejar pasar”, los fanáticos de la procrastinación, los
enormes holgazanes. Me recuerdan al personaje del cuento aquél, un jarocho que
está recostado en su hamaca, camiseta roída, shorts desvalidos, chanclas de gallo
que penden milagrosamente de sus pies. “¡Vieja, vieja!”, le grita a su esposa y le
pregunta al tiempo: “¿Tenemos suero contra la picadura de alacrán?” Ella le
responde presta: “Sí tenemos”. “Pues tráemelo de volada”, le urge el otro. “¿Qué,
te picó uno?”, pregunta asustada la mujer. “No… -contesta el haragán- ¡pero ahí
viene!”
—¡Cierto! —exclamó el Gurú—. Nuestros perezosos son capaces de quedarse
inmóviles incluso ante peligros ciertos como el del bicho ponzoñoso de tu cuento.
Prefieren padecer cualquier veneno antes que realizar alguna tarea productiva.
Vicios de nuestro sistema, de la propaganda insulsa, de los modelos que
proponen la televisión y el cine gringos. ¿Te das cuenta de que los héroes de las
series y las películas norteamericanas nunca trabajan, nunca estudian, nunca se
esfuerzan por hacer algo productivo? Lo único que saben hacer es destruir: autos,
celulares, edificios, vidas, familias y amores.
—¡Cierto! —exclamé a mi vez—. Ahora que lo pienso, nunca se ve cómo un
experto aprende, cómo un especialista se convierte en tal. Los personajes yanquis
son genios hechos al vapor. En la tele y en las películas, la cultura del esfuerzo
está desaparecida.
—Y hay una razón —concluyó el maestro—. La idea es que las masas se
convenzan de que el trabajo y el aprendizaje son algo innecesario. El Karate Kid
se convierte en todo un maestro de artes marciales pintando una barda, cualquier
ama de casa se enfrenta a asesinos consumados y los vence con relativa
facilidad, el pobre angelito de 10 años pone en ridículo a los consumados ladrones
que piensan robar su casa.
—Y todo eso, ¿con qué fin, maestro? —pregunté.
—El sistema, o como le quieras llamar, sustenta su hegemonía en la ignorancia
de la gente. Por eso hay tantos malos estudiantes y tantos flojos… y por eso
muchos tienen que dejar guardias… no sea que se vaya a necesitar una urgencia.
Je je.
sglevet@gmail.com
