ACARREOS, ¿NO SON IGUALES?

Sep 16, 2026 | Columnas

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Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos.
Napoleón Bonaparte
Fueron miles en Boca del Rio. Llenaron un estadio de béisbol, mostraron el músculo
de un proyecto que dicen “emana del pueblo”, y sin duda es un acto, una mascarada
más donde la clase política en el poder se regodea de su capacidad de reproducir sin
tapujos éticos todo aquello que criticaban apenas hace unos años, como estas formas
de “movilización” escandalosas por lo que significan de gastos ilegales, de acoso y
coerción y porque hacen prueba del derrumbe de un discurso fehacientemente
hipócrita.
El acarreo es una práctica común, que se instala desvergonzadamente, sin pudor
alguno, en tiempos del segundo piso de la cuarta transformación. No muestran su
verdadero poder de convocatoria social, porque sus fieles ya no les alcanzan para
satisfacer su ego. Por eso es necesario cubrir las apariencias y simular que son los
favoritos. Por eso es menester obligar la asistencia y pagar para mirarse victoriosos
en el espejo.
Hasta parece una broma cruel la mal llamada gira de “Honestidad y Resultados”,
porque de cumplirse la primera, no existirían los segundos, salvo que con honestidad
valiente se enumerara la larga lista de incumplimientos y yerros cometidos. En
realidad es una ilegal y anticipada gira de precampaña partidista, con una abultada
convocatoria de dudosos respaldos ciudadanos, por las formas en las que son
llenados los cupos para escuchar “llenos de júbilo”, los parabienes de los últimos dos
años de los ocho que tenemos con la “revolución de las conciencias”, que
deshonestamente acude a la indecorosa práctica del acarreo y del uso ilegal de
recursos públicos, para que el “apoyo se vea”.
No obstante, a pesar de sus controles, de los engaños para que no se notara tanto
como en otras ocasiones, los mecanismos para llevar a la gente y hacerse presentes
con los grupos correspondientes, los coordinadores no lograron ocultar las evidencias.
Decenas de autobuses, “estímulos” a los participantes, amenazas directas o veladas,
todo lo necesario para que las ejecutivas federal y estatal estuvieran contentas y
mostrar el trabajo y la lealtad de los jefes de camarillas que puedan ser reconocidos y
en su momento, de ser necesario, protegidos.
¿Cuántos de los burócratas federales, estatales y municipales que fueron
“convencidos” de acudir, consideren que sus jefes son “diferentes” a los anteriores,
que realmente todo está bien y que la transformación se nota y va?, ¿Cuántos

asistentes de los grupos y comunidades piensan que deben respaldar con su
presencia?, ¿y para el próximo proceso electoral, cuántos votantes harán caso a las
amenazas o a la consigna de que les conviene votar por ellos el próximo año sin
chistar?.
Acomodo el final de las líneas con esos servidores públicos que hubieran preferido no
ir y fueron por la fuerza de las circunstancias, por el temor de las represalias en su
empleo. Claro que existen los que sí creen, los que sí quieren, los verdaderamente
convencidos del proyecto, pero sí se observa y se escucha que existe una amplia
mayoría que se siente acorralada y que por ende pudiera querer cobrar la cuenta.
Porque las cosas no quedan allí, porque los agravios chicos y grandes se van
sumando. Hoy son viajes, aplausos y porras, mañana la prepotencia en la oficina,
pasado la incompetencia y la soberbia para cumplir las labores administrativas o la
corrupción desparpajada y la arbitrariedad en el manejo de los recursos públicos con
la certeza de que nada les pasará a quienes las cometen diariamente.
Cada vez la jugada de los que tienen el poder es más arriesgada. Asumen que todo
está bajo control, como los acarreos realizados para el más reciente gran evento
presidencial de “rendición de cuentas” y en los actos que vengan, no les afectará con
una creciente molestia en la población burocrática.
Más allá de todo lo anterior, el enojo frente a la simulación narrativa del México feliz
se incrementa entre la población en general, incluido el gran aparato del servicio
público en todos los niveles de gobierno, y no se trata de un problema menor. Los
asientos de primera fila en los que se encuentran los servidores públicos agraviados,
que diariamente observan la contradicción de los discursos del “no somos iguales”, y
que observan que son peores los lodazales que inundan sus retóricas, hacen suponer
que podrán tener consecuencias que el poder prefiere negar en una apuesta
demasiado alta. Tal vez en esos gestos de soberbia lleve la penitencia.
DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA
Frente a una marcha de auxilio, repudio y dolor por el caos y el abandono del sector
salud en Veracruz, se responde cobijando abiertamente al responsable señalado, lo
que por lo menos es una dolorosísima falta de respeto para millones.