LA ASF; EL OJO QUE TODO LO VE

Jun 18, 2026 | Columnas

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DE PRIMERA MANO

Por Omar Zúñiga
La Auditoría Superior de la Federación (ASF) no avisó, no dijo ni agua va, pero
la modificación que acaba de publicar en el Diario Oficial de la Federación al
Programa Anual de Auditorías para la Cuenta Pública 2025 equivale, en
términos fiscalizadores, a cambiar el bisturí por un escáner de cuerpo
completo.
El nuevo esquema de auditorías integrales concentra en un solo
procedimiento las revisiones de cumplimiento normativo, desempeño
institucional y ejercicio presupuestal que antes se practicaban por separado.
Para los gobiernos estatales, eso no es una noticia menor: es una alerta de
primer orden.


Hasta ahora, el modelo tradicional de fiscalización funcionaba con una lógica
segmentada: una auditoría financiera aquí, una de desempeño allá, una de
cumplimiento más adelante.
Esa fragmentación, lejos de ser neutral, ofrecía a los entes auditados ciertos
márgenes de maniobra: una irregularidad podía perderse entre la brecha de
dos revisiones distintas, o quedar diluida en la falta de comunicación entre
equipos auditores que no cruzaban sus hallazgos.
Con las auditorías integrales, la ASF elimina esas costuras.
Un solo equipo, una sola metodología, un solo informe consolidado que
examina simultáneamente si el dinero se gastó en lo que debía gastarse, si
produjo los resultados comprometidos y si se respetaron las reglas del juego.
La visión transversal que eso genera es cualitativamente distinta: permite
identificar causas estructurales y patrones sistemáticos de irregularidad, no
sólo errores aislados.
Simple y llanamente: es mucho más difícil ocultar un patrón que esconder un
número.


Analizado el esquema con detenimiento, al menos cinco vectores de exposición
emergen para las entidades federativas:

  1. La trampa del gasto etiquetado
    El grueso de los recursos que reciben los estados son transferencias federales
    sujetas a destino específico: Fondo de Aportaciones para la Educación Básica
    (FAEB), Fondo de Aportaciones para los Servicios de Salud (FASSA), Fondo
    de Infraestructura Social (FAIS), entre otros.
    La lógica de la auditoría integral los revisará de manera conjunta: no sólo si el
    dinero del FAIS se usó en obras, sino si esas obras existen físicamente, si
    mejoraron el índice de marginación comprometido y si los contratos se
    adjudicaron conforme a ley.
    La superposición de esas tres capas es dinamita para estados con costumbres
    de subejercicio, obra fantasma o licitaciones a modo.
  2. La deuda subnacional bajo el reflector
    Varios estados arrastran carteras de deuda pública que fueron contratadas con
    cargo a participaciones federales futuras, en muchos casos sin la debida
    transparencia legislativa ni evaluación de capacidad de pago.
    Una auditoría integral que cruce el desempeño institucional con el régimen
    patrimonial y financiero del ente puede revelar con nitidez el estado real del
    endeudamiento, incluyendo pasivos contingentes —pensiones, demandas
    laborales, deuda flotante— que los gobiernos estatales históricamente han
    mantenido fuera del balance público.
    Lo que hasta ahora se registraba en notas al pie podría convertirse en
    observaciones formales con consecuencias jurídicas.
  3. El nudo de las nóminas infladas
    El capítulo 1000 —servicios personales— concentra, en promedio, entre el 60 y
    el 70 por ciento del gasto corriente de los estados.
    Es también el renglón con mayor historia de opacidad: plazas duplicadas,
    comisionados sindicales sin función clara, basificaciones masivas previas a
    procesos electorales, personal activo en nómina con registro simultáneo en el
    IMSS como trabajadores de empresas privadas.
    Al revisar de manera integral cumplimiento normativo, desempeño y ejercicio
    presupuestal, la ASF dispondrá del andamiaje metodológico para cruzar esas
    anomalías sin necesidad de tres auditorías independientes.
    Los estados que han diferido la depuración de sus nóminas enfrentan ahora un
    riesgo de exposición mucho más elevado.
  4. El desempeño como evidencia de corrupción
    Este es, quizás, el cambio más significativo en términos de impacto político.

En el modelo tradicional, una auditoría de desempeño podía concluir que un
programa tuvo resultados insatisfactorios sin que eso derivara
automáticamente en una responsabilidad jurídica: el funcionario simplemente
«no alcanzó metas». Con una auditoría integral, la brecha entre el desempeño
deficiente y el incumplimiento normativo —o peor aún, entre el desempeño
deficiente y el indebido ejercicio del gasto— se vuelve visible de manera
directa.
Dicho de otro modo: ya no bastará argumentar «ineficiencia» cuando los
indicadores de resultados estén en el suelo y el presupuesto se haya ejercido
al cien por ciento. Esa combinación apunta a una sola dirección.

  1. La capacidad institucional como vulnerabilidad
    La auditoría integral requiere que los entes auditados dispongan de sistemas
    de información confiables, archivos organizados, indicadores de desempeño
    actualizados y controles internos funcionales.
    En muchos estados, esa infraestructura administrativa simplemente no existe o
    existe de manera precaria.
    La debilidad institucional, paradójicamente, se convertirá en un hallazgo en sí
    mismo: la ausencia de evidencia documental es, para efectos de fiscalización,
    evidencia de irregularidad.
    Los estados que no han modernizado su gestión pública —y no son pocos—
    afrontarán un escenario en el que la torpeza administrativa y la opacidad
    intencional producen el mismo resultado ante la ASF.

La pregunta relevante no es si el instrumento es bueno o no, sino qué ocurrirá
cuando ese instrumento se aplique sobre entidades que han construido sus
equilibrios políticos y presupuestales sobre décadas de opacidad.
La respuesta incómoda es que los estados más vulnerables no son
necesariamente los más pobres, sino los que más han dependido de la
información fragmentada para administrar sus irregularidades.
Y esas entidades están hoy ante una realidad que no habían enfrentado antes:
una sola revisión que ve todo al mismo tiempo.
La ASF no ha cambiado las reglas del juego.
Ha cambiado los ojos con los que las aplica.
Y eso, para quienes han jugado con las reglas a medias, es un cambio que lo
transforma todo.
¡Qué barbaridad!

deprimera.mano2020@gmail.com