LIBERTAD DE EXPRESIÓN: LOS DISCURSOS SE APLAUDEN, LAS REALIDADES SE PADECEN. BITÁCORA POLÍTICA

Jun 8, 2026 | Columnas

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Por Miguel Ángel Cristiani G

Hay discursos que se escuchan con atención y otros que obligan a reflexionar.
El pronunciado por la presidenta municipal de Xalapa, Daniela Griego
Ceballos, durante el desayuno ofrecido a periodistas con motivo del Día de la
Libertad de Expresión, pertenece a la segunda categoría.
No porque haya dicho algo revolucionario, sino porque recordó principios que
en México suelen mencionarse con frecuencia y aplicarse con escasez: el
respeto a la crítica, la transparencia gubernamental y el derecho ciudadano a
estar informado.
La alcaldesa hizo un amplio reconocimiento a la labor periodística. Habló de
la importancia de la libertad de expresión, de la función social de los medios
de comunicación y del papel que desempeñan los periodistas como intérpretes
de la realidad. Recordó además su trayectoria legislativa en materia de
transparencia y acceso a la información pública, un tema que conoce bien y
que forma parte de su historial político.
Hasta ahí, todo correcto.
Sin embargo, la verdadera prueba de cualquier gobernante no está en la
calidad de sus discursos sino en su capacidad para soportar las consecuencias
de aquello que proclama.
La libertad de expresión es muy sencilla de defender cuando los comentarios
son favorables, cuando las entrevistas son cómodas o cuando las notas
destacan los logros de una administración. El problema aparece cuando llegan
las preguntas incómodas, los reportajes que exhiben errores, las denuncias
ciudadanas o las investigaciones que contradicen la narrativa oficial. Que
bueno que la presidenta municipal de Xalapa está consiente de la importancia
de la crítica periodístia.
Y es precisamente ahí donde históricamente muchos gobiernos mexicanos han
fracasado.
Veracruz conoce demasiado bien esa historia. Durante décadas, periodistas
han enfrentado presiones, amenazas, campañas de desprestigio y, en los casos
más graves, violencia criminal. La entidad se convirtió en referencia nacional

no por la fortaleza de sus instituciones democráticas, sino por los riesgos que
implica ejercer el periodismo.
Por eso resulta pertinente que la presidenta municipal haya reconocido
públicamente que ningún gobierno democrático puede aspirar a la legitimidad
si pretende controlar el flujo de la información o convertir la comunicación
social en un simple aparato propagandístico.
El problema es que la tentación sigue vigente.
Las oficinas de comunicación social en buena parte del país continúan
operando bajo una lógica que privilegia la construcción de imagen sobre la
rendición de cuentas. Se invierten recursos públicos para difundir éxitos,
mientras los problemas estructurales quedan relegados a notas marginales o
explicaciones burocráticas.
La alcaldesa sostuvo que la comunicación pública debe partir de la honestidad
y no de la simulación. Una afirmación impecable en teoría. Pero la realidad
obliga a una pregunta elemental: ¿cuántos gobiernos están realmente
dispuestos a informar con la misma intensidad sus fracasos que sus éxitos?
Muy pocos.
En ese contexto, también llamó la atención la referencia a los ataques
mediáticos, la desinformación y las campañas de desgaste que —según
señaló— ha enfrentado su administración durante estos primeros meses.
Las redes sociales han democratizado la difusión de información, pero
también la propagación de rumores, noticias falsas y campañas interesadas.
Sin embargo, los gobiernos suelen cometer un error recurrente: confundir toda
crítica con una conspiración.
No toda observación incómoda es desinformación. No toda denuncia es un
ataque político. No toda investigación periodística responde a intereses
oscuros.
La democracia exige tolerancia al escrutinio permanente.
El periodismo no existe para agradar a los gobernantes. Existe para vigilar al
poder. Su función no es proteger administraciones, sino informar a la
sociedad. Cuando cumple adecuadamente esa tarea, inevitablemente genera
incomodidad.
Y esa incomodidad es saludable.
Lo verdaderamente preocupante sería una prensa silenciosa, dócil o
subordinada.

Xalapa necesita gobiernos transparentes, pero también medios responsables y
críticos. Necesita funcionarios capaces de escuchar cuestionamientos sin
victimizarse y periodistas capaces de investigar sin convertirse en operadores
políticos. Ambos son indispensables para fortalecer la vida pública.
Porque la libertad de expresión se demuestra cuando el poder acepta ser
observado, cuestionado y exhibido sin intentar controlar el espejo que refleja
sus errores.
La democracia comienza donde terminan los aplausos oficiales y empieza la
obligación de responder, con hechos, a las preguntas que el poder preferiría no
escuchar.