KAIRÓS
Francisco Montfort Guillén
En su fundación, casi todos los Estados han tenido un carácter despótico. Es natural a la formación de una autoridad central que debe dominar a las otras autoridades y a las costumbres de una sociedad sin Estado. Así lo confirman los etnógrafos y antropólogos que han estudiado el surgimiento de ciudades Estado en cinco puntos del globo terráqueo, Tenochtitlan uno de ellos. Y así lo describen los historiadores del surgimiento del Estado nación. La deriva posterior ha tenido que ver con las características de los ciudadanos. Aquellos que aman la libertad y el progreso han puesto diferentes pero eficientes y eficaces diques al despotismo, que sigue siendo parte de la voluntad de poder, pero que no evoluciona.
La historia más diversa de surgimiento de Estados naciones está en Europa y en algunas de sus excolonias, junto a un más reciente surgimiento de las democracias asiáticas. En todos los casos, sin embargo, han existido dos elementos que, esos sí, no se repiten fácilmente entre los más de 100 países que forman parte de la ONU. Estos dos elementos son la existencia de ciudadanos amantes de las libertades, como apuntamos arriba, y el otro, son los seres humanos que se autolimitan en sus desbordadas fuerzas de la voluntad de poder. Aunque, en todos los casos, como atestiguamos en estos tiempos, existe una lucha permanente entre quienes aspiran a tener más y más poder como gobernantes y aquellos ciudadanos que resisten para resguardar y ampliar las libertades.
En México nunca hemos tenido, convergentes, estas dos características sociológicas y políticas. Aunque se habla de momentos de florecimiento de la democracia en las épocas de Juárez y de Madero, lo cierto es que, en esos momentos históricos, el predominio neto fue el de los hombres con una gran voluntad de poder. Sólo ha existido un breve periodo en el cual parecía que México conocería la feliz oportunidad de que se empataran los seres humanos con deseos de ampliar las libertades y crear un sistema de rendición de cuentas y de transparencia en el uso de los recursos públicos, con los seres humanos capaces de renunciar a su despotismo y acceder a crear límites a sus poderes desde el Estado: nuevas generaciones modernas surgidas desde el Movimiento Estudiantil del 68, luchando desde la sociedad civil y partidos de oposición; y una nueva generación de políticos y funcionarios a cargo del PRI. Ese breve período ocurrió entre el sexenio de Miguel de la Madrid y el gobierno de Ernesto Zedillo. Y aunque se prolongó por unos años más el comportamiento democrático, lo cierto es que las fuerzas de ambos bandos empezaron a perder empuje (sobre todo por no corregir los problemas de la corrupción y el de procuración y ejercicio de la justicia) hasta que apareció con gran voluntad de poder el “iluminado” que
convenció a muchos ciudadanos que la salida a nuestros problemas era el retorno al Estado despótico.
La enorme voluntad de poder de López Obrador lo llevó a concentrar todo el poder en su persona, no en el Poder Ejecutivo, y destruyó todos los avances que auguraban un camino hacia la plena democracia, el profundo desarrollo y la extendida modernización de mujeres y hombres. Y aún más: para no fallar en su intento de ganar la presidencia de la república, puso a su servicio a un poder extralegal que, por su idiosincrasia, no se somete a otro poder y en cambio exige, para su existencia y crecimiento, mayores esferas de acción: el crimen organizado.
Para ganar su continuismo puso de candidata a una persona, más que dócil, a un apóstol sin voluntad de poder para seguir tejiendo las características del Estado despótico, pues su voluntad solo llega hasta donde el señor López Obrador quiere. Este endeudó al país para entregar donaciones directas a los ciudadanos más necesitados con lo cual les corrompe, más que el ejercicio libre de su voto, su voluntad de libertad para para luchar por sus reivindicaciones laborales, de servicios públicos, de bienestar social como progreso personal. Pero con esa deuda y un manejo de las finanzas sin criterio técnico para promover el desarrollo, López&Claudia condenan a su propio movimiento a la parálisis política, pues al no generar nueva riqueza, debilitan el sostén económico de sus mandatos.
Han sido los propios morenistas quienes han cancelado el crecimiento económico al reducir los derechos de propiedad, de comercio y de inversiones mediante la reforma al Poder Judicial y el sometimiento del poder legislativo y de la fiscalía. Peor aún, con el ataque al original Conacyt, al CIDE, a la reducción de los presupuestos en educación superior y las restricciones a la libertad de prensa y a las críticas sobre su funcionamiento, ahogan las libertades y secan el ambiente para la creatividad y la innovación permanentes y crecientes, que son el motor del crecimiento económico y el bienestar social en la era de la inteligencia artificial, la organización en redes, la producción incesante de conocimientos y la formación rigurosa y de altísima calidad de las mujeres y los hombres en cualquier nivel escolar. El crecimiento extractivo, el crecimiento despótico tiene límites muy bajos por lo cual no puede ser la base de la prosperidad colectiva. Y la extracción de rentas vía las diferentes formas de corrupción poco a poco irán desapareciendo para centrarse únicamente en la cúspide del partido y del gobierno.
Es este entramado, esta especie de chinchorro despótico que los envuelve, creado por ellos mismos, es el que por ahora los protege, pero que, en una sociedad mundo, interconectada, transnacional terminará por asfixiarlos y pasarán a la historia como un gran error, una equivocación social, un exabrupto político que dejará tras de sí centenas de miles de muertos y desaparecidos, seres humanos de mil formas mutilados y una sociedad castrada.
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