KAIRÓS
Francisco Montfort Guillén
<<La cultura se aprende>>, afirma Edgar Morín. La cultura no reside en los genes, sino en <<el espíritu/cerebro de los seres humanos>>. Para el pensador francés, <<la cultura es un genos social que impone al genos biológico sus constreñimientos, normas, reglas, prohibiciones: …la organización sexual de la sociedad, …una sexualidad “cultivada” …paso decisivo de la <<naturaleza>> a la <<cultura>> que genera complejidad social, que retroactúa sobre el genos biológico, lo controla y gobierna y hace surgir el Ser-Sujeto que es la sociedad. Y en ella crece el sociocentrismo, la identidad social propia y única; sino también hace surgir la autoinstitución de la sociedad en su realidad imaginaria (Castoriadis) como en sus ideologías, que provoca, a su vez, en algunas sociedades históricas, una emergencia de tercer tipo: el surgimiento del Estado, que computa, decide, ordena, hace ejecutar sus instrucciones y decretos por administración, ejército, policía>>.
Es una megamáquina social (Mumford), <<formidable metamorfosis pues el Estado es soberano. Produce y monopoliza el capital de informaciones organizadoras…ocupa el puesto sociocéntrico del cómputo: El Estado no es solo una cabeza que gobierna el cuerpo social. Al producir leyes, decretos, reglamentos participa en la autoproducción y las transformaciones del ser social.>> (Edgar Morin, El Método 2. La vida de la vida. Cátedra, Madrid.).
En la historia de la humanidad han existido Estados exitosos. En la antigüedad en Grecia, en Egipto, en China, en Mesopotamia, en la Cuenca Hidráulica de Anáhuac, en Perú. La historia es larga. Y más recientemente, inclusive como Estados imperios en Portugal, España, Francia, Inglaterra, URRS, Estados Unidos. Ahora podemos denominar, como Yuval Hararari, estados exitosos a los de Europa, Canadá, Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Corea del Sur y otros más. En cambio, sin importar si se autodenominan de izquierda o de derecha, democráticos o no, dictaduras descaradas o semiocultas, el resto de los Estados nación son entidades fracasadas pues sus sociedades no han podido colocar en los puestos de mando a las personas más aptas, por un lapso suficiente para que logren abandonar esa condición acomplejada, nombrada de diferentes modos: países dependientes, países del Tercer Mundo, países subdesarrollados.
Este es el caso de México. Por discursos o anhelos o ganas no han quedado, Pero han fracasado religiosos, militares, abogados, economistas, científicos. Y en todos los casos parece existir denominadores comunes. Poco se reflexiona sobre la necesidad imperiosa de orden, en donde pueda prosperar la organización que sea lo suficientemente sólida y flexible, reformadora y conservadora para que surjan las cualidades que poseen los seres humanos que habitan México, ya como
individuos, ya organizados en empresas, cooperativas, asociaciones de diferente índole.
Las cualidades de lo que llamamos desarrollo surgen de la organización social. No son fruto de la buena suerte, del chiripazo, de las bendiciones divinas. Aunque en México, ante tantos fracasos, estamos acostumbrados a culpar, a otros, de nuestros errores y tropiezos, algunas veces a un ente en específico (España, Estados Unidos), o en otros casos al abandono de nuestros santos, vírgenes y dioses, empezando por la conquista.
La larga referencia teórica del surgimiento de esa organización superior que es el Estado y la importancia que tienen para su buen desarrollo el orden y la organización se imponen como obligados referentes, porque resulta sorprendente, asombroso, increíble la manera en que el grupo en el poder se ha dedicado, desde 2018, a destrozar instituciones y proyectos funcionales sin sustituirlos por mejores ideas y proyectos que otorguen al Estado mexicano las cualidades que le brinden la funcionalidad hasta ahora desconocida y encaminen al país por las rutas del éxito económico y el desarrollo del confort y la buena vida, basados en los avances de la ciencia y la tecnología así como en el civismo y las buenas costumbres.
Cada día se multiplican los artículos en todos los diarios que hacen el recuento de las atrocidades arrasadoras de Atila y su fiel seguidora, sobre las instituciones y proyectos que empezaban a marcar una ruta de difícil progreso. Al recuento se le agregan otras destrucciones o algunas de las consecuencias que ya padecemos en nuestra vida diaria. Y a este gran número de artículos se han empezado a sumar aquellos que señalan las obvias y trágicas limitaciones intelectuales y de capacidad de dirigir de la presidente que, en ocasiones, descarga su frustración con regaños a sus subordinados y en otras la toma en contra de los militantes de su partido o los asistentes a sus mítines.
Y se suman los artículos que ya señalan directamente a la presidente como responsable de las malas decisiones y sus ya clásicas salidas de no estar enterada, o que se va a investigar, o que ella tiene, como su mentor, otros datos o manda modificar los archivos para presentar otras cifras mientras en la vida real siguen apareciendo los cadáveres que el gobierno no localiza, o los desastres ecológicos que su gobierno no puede prever o remediar, la falta de crecimiento económico, el deterioro civilizatorio que significa la alianza de estructuras gubernamentales con organizaciones del crimen organizado.
Curiosamente Technotitlan (México) fue uno de los cinco puntos en el globo terráqueo en donde históricamente primero apareció la organización de tercer tipo, la megamáquina social, el comando central de una sociedad que hoy llamamos Estado. Pero sus habitantes no hemos sido capaces de encontrar la mejor organización ni los mejores seres humanos para conducir los destinos de la sociedad. Y en estos momentos, desgraciadamente, debemos perder toda
esperanza sobre los resultados que ofrezca el gobierno de Morena. Podrán hacerse de más poder para la presidenta, prolongar sus mandatos de manera ilegal, pero lo harán mientras los mexicanos ya tenemos la certeza de que carecen de las capacidades, de toda índole, que exige la conducción de un Estado en pleno siglo XXI. Están peor que las selecciones nacionales de futbol; ratoncitos verdes comandados por Atila y su fiel escudera, frente a titanes que saben poner orden, organizar la vida colectiva y tomar decisiones acertadas basadas en la ciencia, la tecnología, la cultura, el buen vivir y no en la obediencia ciega, inepta y corrupta.
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