LA LECCIÓN DE POLÍTICA QUE MUCHOS NO QUIEREN APRENDER BITÁCORA POLÍTICA

Ago 4, 2026 | Columnas

WEB MASTER
Últimas entradas de WEB MASTER (ver todo)

Por Miguel Ángel Cristiani

La política tiene memoria. Los ciudadanos saben distinguir entre el funcionario que aparece únicamente cuando hay cámaras, inaugura una obra o busca el siguiente cargo, y aquel que regresa una y otra vez a las comunidades que le dieron su voto.

Por eso llama la atención lo ocurrido el pasado fin de semana en Tatahuicapan de Juárez.

Mientras algunos personajes de la Cuarta Transformación en Veracruz parecen haber sustituido el contacto con la ciudadanía por interminables publicaciones en redes sociales, conferencias de prensa y boletines cuidadosamente maquillados, el diputado local y presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado, Esteban Bautista Hernández, hizo exactamente lo contrario: salió al territorio.

Y el territorio respondió.

Más de cinco mil personas acudieron a la Asamblea Informativa en Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. Una asistencia que difícilmente puede atribuirse únicamente a la capacidad de movilización de un partido político. La gente no abandona sus actividades durante horas para escuchar a cualquiera. Cuando eso ocurre, existe detrás un trabajo político permanente, una relación construida con los años y una presencia constante en la región.

Esa es, precisamente, la diferencia entre hacer política y administrar un cargo público.

Muchos de los nuevos cuadros de Morena parecen convencidos de que una fotografía junto a la gobernadora, una selfie con la presidenta o un video en TikTok bastan para mantener vigente un liderazgo. Grave error. La política real sigue caminando por las calles, recorriendo ejidos, visitando comunidades y escuchando de frente los problemas de la gente.

En Tatahuicapan quedó demostrado que el liderazgo no se decreta desde un escritorio.

La presencia de la presidenta de la Mesa Directiva del Congreso del Estado, la diputada Naomi Edith Gómez Santos, dio al encuentro un carácter institucional que reforzó el mensaje de unidad. Durante su intervención, Esteban Bautista convocó a defender la soberanía nacional y la continuidad del proyecto encabezado por la gobernadora Rocío Nahle García y la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Pero más allá de los discursos, la imagen que quedó fue otra: miles de ciudadanos marchando de manera ordenada por el bulevar principal de la cabecera municipal. Esa fotografía vale más que cualquier encuesta de ocasión.

Quizá por eso algunos deberían tomar nota.

La Cuarta Transformación llegó al poder gracias al trabajo territorial, no gracias a estrategas digitales ni consultores de imagen. Sin embargo, conforme algunos dirigentes han probado las mieles del poder, también han adquirido uno de los peores vicios de la vieja política: encerrarse en las oficinas, rodearse únicamente de colaboradores que les dicen lo que quieren escuchar y aparecer solamente cuando conviene políticamente.

Ese es un camino peligroso.

La soberbia ha sido el principio del fin de muchos gobiernos y de innumerables carreras políticas. Veracruz ofrece suficientes ejemplos de personajes que confundieron un cargo con un liderazgo y terminaron descubriendo, demasiado tarde, que una cosa no garantiza la otra.

Esteban Bautista parece entender una regla elemental que algunos de sus compañeros han olvidado: el respaldo ciudadano no se conserva con discursos, sino con presencia; no se fortalece con propaganda, sino con trabajo; no se presume en redes sociales, sino que se demuestra en las plazas públicas.

La política, al final, siempre cobra la factura.

Y cuando llegue nuevamente la hora de pedir el voto, muchos descubrirán que los «me gusta» en Facebook no sustituyen el apretón de manos, que las fotografías oficiales no reemplazan el contacto con la ciudadanía y que el territorio sigue siendo el juez más severo para cualquier político.

Hay lecciones que no se aprenden en los cursos de comunicación política. Se aprenden caminando el distrito. Y esa, precisamente, fue la lección que dejó Tatahuicapan.