Es mi pienso
Jesús Castañeda
El anteproyecto sometido a consulta pública por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones ha encendido las alarmas en el debate público. Mientras el discurso oficial nos promete un festín de información veraz, plural e incluyente, periodistas, constitucionalistas y defensores de la libertad de prensa ven la otra cara de la moneda: el riesgo de un garrote regulatorio disfrazado de buena intención.
Llama la atención la enjundia con la que los voceros oficiales defienden esta consulta pública, vendiéndola como si la decisión estará en la participación ciudadana. Vaya, como dijera el pueblo: luz de la calle y oscuridad de su casa. Si la mitad de ese entusiasmo se aplicara para defender el derecho a la salud de los enfermos, otro gallo nos cantaría y estaríamos, ahora sí, a un pasito de Dinamarca. Pero no; ese discurso ya dio los votos que tenía que dar y al parecer cayó en el olvido.
Pero ya que nos gusta ponernos creativos con los derechos, vale la pena jugar al espejo. Imagínese usted qué pasaría si aplicáramos esta misma «preocupación regulatoria» al sistema de salud pública. Exijamos entonces:
- La obligación de todas las instituciones de salud de contar con un Código de Ética efectivo.
- La designación obligatoria e independiente de un Defensor de la Atención a la Salud.
- La posibilidad real de que cualquier ciudadano tramite quejas cuando le nieguen un medicamento o le difieran una cirugía.
- Un arbitraje médico con dientes para sancionar el incumplimiento.
¿Verdad que suena urgente? Pero ahí la vara mide distinto.
Regresando a las audiencias: regular medios no es malo per se, casi todas las democracias lo hacen, la diferencia fundamental no está en modelo de la regulación, sino en el grado de independencia del órgano regulador y en el alcance de sus facultades.
En democracias débiles como Venezuela, Nicaragua o Rusia, las leyes de «responsabilidad social» o de «información falsa» acabaron siendo el pretexto perfecto para asfixiar frecuencias, confiscar bienes, imponer multas y callar voces incómodas. En Cuba ni se despeinan: el Estado es dueño de todo y sanseacabó.
En el resto del mundo real, el mejor control de calidad de las audiencias es el control remoto o el scroll del teléfono. Si el contenido no gusta, se le cambia. Así de sencillo, sin tanto trámite ni burocracia.
Curiosamente, la respuesta más pragmática sobre el tema la dio la propia Presidenta cuando le preguntaron si las mañaneras entrarían en este esquema regulatorio. Su contestación fue contundente: «quien no quiera ver la mañanera, pues que no vea la mañanera». (Así se aplica el derecho de las audiencias sin necesidad de simular una consulta).
Y mire usted, en eso coincidimos plenamente millones de mexicanos: para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo. Si algo no nos gusta, le cambiamos… empezando por los discursos políticos.
Nota: Es mi pienso, ¿eh?
