DE PRIMERA MANO
Por Omar Zúñiga
Hay una diferencia entre heredar un apellido y heredar el oficio político.
Edgar Herrera Lendechy —“Gary” para quienes lo tratan de cerca, los cuates
pues— cargó desde el primer día con el peso de ser sobrino de Fidel Herrera
Beltrán y primo hermano de Javier Herrera Borunda, líder del Partido Verde.
Ese parentesco pudo haber sido, como a tantos otros herederos políticos en el
estado, una losa, en su caso ha resultado ser, hasta ahora, una escuela.
Cuando el Consejo Político Nacional del PVEM designó a Edgar al frente del
Comité Ejecutivo Estatal, en noviembre de 2024, pocos apostaban a que un
dirigente tan joven pudiera sostener una estructura partidista en un estado
donde la política verde ha vivido más de la negociación con el poder en turno
que de la construcción propia de cuadros y si no, que se lo pregunten a
Marcelo Ruiz.
Herrera Lendechy entendió el reto de otra manera: si el Verde en Veracruz
quería dejar de ser, como él mismo lo ha reconocido, un partido sin conexión
con las nuevas generaciones, tenía que empezar por formar gente, no sólo por
colocar candidaturas.
De ahí su insistencia en una escuela de cuadros, en abrir espacios a jóvenes
que “se sientan identificados no solamente con la ideología ambiental, sino que
vean al Partido Verde como una casa”.
Es un discurso que lejos de ser palabras, empieza a leerse como método…
facta non verba.
Lo interesante de Gary no es sólo la juventud, sino la cautela con la que la
administra.
Enfrentó su primera prueba de fuego interna —las acusaciones de una
supuesta venta de candidaturas durante el proceso electoral 2024-2025— sin
desbordarse ni minimizar el señalamiento: abrió una investigación interna y
pidió que quien se sintiera afectado lo hiciera constar.
Es la diferencia entre un dirigente que improvisa y un líder que sabe que, en un
partido bisagra como el Verde, un paso en falso no se paga con una nota
incómoda, sino con la pérdida del capital político acumulado por toda una
estirpe.
Y ahí está el fondo del asunto, Edgar Herrera sabe que su gestión no se mide
sólo en resultados propios, sino en lograr que Javier Herrera Borunda, su
líder, gane la diputación federal por el distrito de Cosamaloapan, es decir, hacer
sentir el apellido, que les guste o no, sigue pesando.
Lo ha dicho con todas sus letras: ese es su examen final, no hay ambigüedad
ni cálculo tibio en esa apuesta, y tampoco hay atajos: ganar ese distrito exige
negociar con firmeza la coalición con Morena, defender espacios frente a un
aliado que históricamente ha “caminado” al Verde en las mesas de reparto, y
construir estructura real en los municipios de la región.
Ahí es donde la juventud de Gary se vuelve un activo y no un riesgo, tiene la
energía para recorrer Veracruz distrito por distrito, municipio por municipio, pero
también —y esto es lo que lo distingue de otros herederos políticos
veracruzanos— la disciplina para no adelantarse.
Camina despacio, negocia antes de anunciar, evita el protagonismo que tanto
le ha costado a otros actores, herederos de apellidos políticos que pesan en el
estado.
Es una lección que no siempre se aprende a los treinta y tantos años, y que él
parece haber interiorizado por necesidad más que por virtud: sabe que el
margen de error de un dirigente joven, sobrino del exgobernador más influyente
de la política veracruzana reciente, es prácticamente nulo.
El PVEM en Veracruz ha sido, durante años, el partido del pragmatismo, el que
negocia con quien gobierne, el que suma curules sin encabezar portadas.
Edgar Herrera Lendechy no ha roto con esa tradición, pero le está dando un
rostro distinto: menos operador de escritorio y más arquitecto de estructura.
Si logra que Javier Herrera Borunda gane la Cuenca, no sólo habrá
acreditado su propio examen; habrá demostrado que en Veracruz todavía es
posible que la juventud política se gane un lugar caminando, no heredándolo.
La política veracruzana está llena de nombres que llegaron con el apellido
correcto y se fueron sin construir nada propio.
Gary Herrera, hasta ahora, va por el camino contrario: usa el apellido como
punto de partida, no como destino.
Falta que la Cuenca lo confirme.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
